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Los dos obstáculos
Te escribo, como todos, preocupado por lo que pasa en el país y quisiera compartir algunas reflexiones. Algunas son de vieja data. Las hicimos —hace años— tanto con tu padre, Fidel Cano Isaza, como con el mío, John Agudelo Ríos. Hombres siempre a favor de la paz.
Se centran en que ya veíamos que, aunque los obstáculos para la paz en Colombia son muchos, diversos y difíciles, es claro que los principales siempre han sido dos. Por un lado, obtener una verdadera voluntad de las Farc de sumarse a un proceso de paz, renunciando a la vía armada. Y, por otro, que las élites que gobiernan este país nunca han logrado un consenso al respecto; ni para la paz ni para la guerra. La pugna política al interior de las élites ha prolongado el conflicto.
En estos momentos, las Farc han demostrado una real voluntad de paz. Lo cual ha sido visto y entendido por una gran cantidad de colombianos, que por tal razón votaron por el Sí. O sea que ese primer obstáculo parece haberse removido.
El No en el plebiscito evidencia que el obstáculo principal en este momento es el desacuerdo al interior de las élites, que son las que influyen sobre los votantes. Élites que tienen la obligación, para con todos nosotros, de ofrecernos un país en paz, como ocurre en todos los otros países del hemisferio al que pertenecemos.
Entre todos los que votaron hay un sector que está dispuesto a apoyar los Acuerdos de La Habana y otro sector que los impugna. Pero quienes ganaron con el No han entendido que en este momento tienen la responsabilidad de ofrecer una salida. Y aquí está lo interesante, pues los que impulsaron el No han declarado públicamente estar interesados en lograr la paz. Hay que creerles.
Ese es un grupo no homogéneo; allí están los que sinceramente se muestran disconformes con los puntos del Acuerdo, pero quieren un proceso de paz, es decir que optarían por renegociar puntos del Acuerdo. Y de seguro también están, sin destapar aún sus cartas, quienes mantienen la posición de no negociar, oculta en que su impugnación se basa en proponer una revisión de los Acuerdos que saben que la contraparte no va a aceptar.
No obstante, tenemos una gran oportunidad, y es la de conformar una gran mayoría de colombianos a favor de un Acuerdo de paz. Si sumamos a los que apoyaron el No pero que están a favor de la paz, a los que ya dijeron Sí y que están también dispuestos a continuar negociando, más los de las Farc, que expresaron su voluntad de continuar un proceso político, que por ende tiene que incluir una renegociación posible de los puntos impugnados del Acuerdo de La Habana, se constituiría una mayoría suficiente para aprobar un Acuerdo mejorado. El gobierno Santos debe oír a esos sectores y debe trabajar con todos aquellos que están dispuestos a no perder lo ganado y han ya declarado tener una intención conciliatoria.
Ninguno de los grupos, tanto del Sí como del No, son homogéneos, ni falta hace que lo sean. Pero este proceso ha conducido, por primera vez, a que se abra la posibilidad de que una parte mayoritaria de las élites se manifieste claramente y con toda la voluntad a favor de una paz negociada.
Absurdo, brutal y estúpido sería desaprovechar esta circunstancia inédita. Los dos obstáculos principales pueden ser removidos.
Tal vez, sea la oportunidad no solo de saber quiénes son aquellos que impulsan la vía violenta para la solución de la inmensa cantidad de conflictos que nos aquejan, sino de darnos cuenta de que en el presente histórico son una minoría y que en un buen proceso político quedarían políticamente aislados.
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