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Aún con el sentimiento de éxtasis reverberando en la sangre, resulta de placer supremo exaltar nuestra calidad irrenunciable de colombianos. Definitivamente, ostentar este título debe representar para quienes lo portamos un factor determinante de orgullo que lleve implícito el crecimiento de la autoestima colectiva y de contera una invitación para no declinar en los amores que se le deben a la patria.
Jorge Luis Borges, portentoso y aclamado escritor universal, quien solía menospreciar el concepto de las nacionalidades, invocando como fundamento filosófico de su postura el derecho natural a vivir en cualquier lugar de la tierra, al margen de prejuicios raciales o procedencias espaciales, siempre dijo de su país, la Argentina Querida, que tenía identidad global, gracias al tango, al fútbol y a sus escritores, y por sobre todo a sus propios habitantes, para quienes ser argentino equivalía a un “estado del alma”.
Seducido por la teoría borgiana, pienso, como su cultor, que la investidura de colombiano —igual que la “gaucha”— también participa de unas características antropológicas, sociológicas y culturales que la hacen singular, especial y exótica, de donde aparece que disponemos de una esencia única, suficiente como para sentir el deber ético de apropiarnos de la nacionalidad e intentar ser felices por ello.
A pesar de los conflictos sociales y políticos que han signado el devenir de nuestra historia, el colombiano es honesto, inteligente, solidario, emprendedor, sociable, simpático y resiliente.
Colombia tiene clase de alta alcurnia, tanta como para “trochar y galopar” en cualquier pasarela. Su pueblo canta y danza con espontaneidad; pinta con colores y trazos que enamoran; escribe de corrido; juega con desparpajo, tanto que verlo insinúa la idea de estar en modo inmutable de coreografía; trabaja con mística y ríe a carcajada suelta.
Nuestra tierra tiene cromática sin parangón y no es particularmente triste. La de Colombia es verde esmeralda, azul turquesa, amarillo macondiano y rojo efervescente. En síntesis, nuestra piel tiene color de alegría contagiosa y no nos hemos dado por enterados, no obstante la admiración que por doquier provocamos.
Cada vez que he tenido oportunidad de asistir a un Mundial de Fútbol, y este es mi octavo consecutivo, como que me inicié en esta maravillosa experiencia con el celebrado en Italia en 1990, me topo con colombianos espectaculares que enaltecen nuestra nacionalidad; a esa conclusión arribo una vez conozco de sus variopintos oficios y profesiones, realizados y ejercidas en inimaginables diásporas de este planeta.
Cómo no mencionar que Giovanni Rosales, inteligente y culto ingeniero civil, bogotano de origen santandereano, es el auditor general del transporte público de Melbourne, Australia; cómo esquivar que Ómar Polanía, con escasos 33 años a cuestas, es profesor titular de la Facultad de Derecho de la prestigiosa Universidad Carlos III de Madrid, España, y pronto se recibirá con honores como doctor en la Universidad de la Sorbona en París, Francia; cómo omitir que Estefanía Gómez Londoño, frisando apenas la tercera década de su prodigiosa existencia, es una bella paisa que en cuestión de meses optará en Munich, Alemania, al título de médica genetista, postulando para ello tesis de grado en la que se incorpora novedosa investigación científica que revolucionará el tratamiento de patologías devastadoras como el cáncer y el sida; cómo abstraerme de comentar que José Alejandro Mejía Giraldo es un imberbe pero brillante abogado quindiano, que por méritos personales y profesionales propios funge como destacado consultor de la OCDE en París, plataforma de la que no dudo, más pronto que tarde, saltará a las grandes ligas en la administración del Estado colombiano; cómo no rescatar que los hermanos cuyabros Arcila Salazar, consecuentes con la tradición de su familia, miman en Australia su ya exitosa empresa de comercio exterior cafetero; cómo prescindir en el contenido de esta crónica que Luz Ensueño Marín, oriunda de Bosconia, Cesar, honra su estirpe gitana, actuando magistralmente como malabarista del Circo del Sol, dondequiera que este planta carpa; cómo olvidar que el ciudadano tolimense Goro Jaramillo causa sensación, desde hace 25 años, en Hyde Park Corner en Londres, Inglaterra, una vez arquea las cartas de su baraja, con el fin, y al mejor estilo de arúspice griego, de anticipar el futuro de sus disímiles e inseguros usuarios; cómo descartar que el caballero sonsoneño Melquisedec Velásquez, desde hace lustros, es el responsable de la elaboración de los barrocos trabajos en hierro forjado que ornamentan los faraónicos mausoleos del Cementerio Zarista de la indescriptible ciudad de San Petersburgo, Rusia; y sería imperdonable, a costa de incurrir en “nepotismo”, no reivindicar que mi joven y querido sobrino/ahijado, Juan José Ramírez Uribe, máster en Tecnología del Entretenimiento, egresado de Carnegie Mellon University, oficia en Seattle, USA, como uno de los responsables del área homónima de su especialidad en la base central de Amazon.
Se contabilizan por millones los compatriotas que en despliegues similares a los vertidos enarbolan a nombre de Colombia nuestra bandera y construyen su verdadero ADN. Los que con su maldad apostatan de este credo son pocos y por fortuna la sociedad cada día es más consciente de la imperiosidad del reproche penal con interdicción pública.
Lo expuesto simboliza lo que es nuestra nacionalidad, lo que es Colombia. De hecho, la Selección de Fútbol que empieza a hipnotizar acá en Rusia, refleja fielmente el romántico significado de la palabra Colombia, expresión que como dijera el poeta Eduardo Carranza, acarrea que cada vez que es bellamente sonorizada “mi sangre salte a borbotones”.
Por el momento y mientras reanudamos esta corresponsalía, “a mí que me sirvan un aguardiente de caña porque me siento muy orgulloso de ser un buen colombiano”; al fin y al cabo, como muy acertadamente lo consigna Borges en su reconocido cuento Urica, “ser colombiano es un acto de fe”.
Desde el Aeropuerto de Domodedovo, Moscú, procedente de Kazán y en tránsito hacia Samara, ciudad donde el próximo jueves enfrentaremos a Senegal, con obvia sed de triunfo, reciban un colombiano abrazo hoy martes 26 de junio de 2.018 a las 8 a.m.
Juan Carlos Ramírez. Moscú.
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