Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Quiero, desde la provincia colombiana, unir mi voz a la del importante columnista de este diario, Pablo Felipe Robledo, para que las autoridades colombianas sean implacables con los corrompidos de toda índole, desde aquellos infames que estando tan necesitados, como cualquier colombiano de los sectores periféricos, cobran por la entrega de un pequeño mercado, hasta esos gobernantes locales y regionales neonazis que se adueñan de los recursos del Programa de Alimentación Escolar (PAE) entregando los contratos a líderes inescrupulosos, gamonales sinvergüenzas y demás “cínicos voluntarios” que surgen en estas circunstancias de tanta confusión; de donde se deriva la desorganización, pues la experiencia es inédita aquí y en Cafarnaúm, pero debe aprenderse de otras sociedades que saben asumirlo.
Desde luego, esta gentuza de alcantarilla también se encuentra entre los más pobres de los pobres. Estos últimos actúan por desesperación y el mal ejemplo que observan entre la dirigencia.
También debe hacerse seguimiento a todos aquellos gobernadores y alcaldes que mezclan sus funciones de obligatorio cumplimiento, como la de atender la pandemia, con su promoción personal al pagar costosas publicaciones en la prensa nacional y regional, para que sus ejecutorias sean consideradas para la historia. Esos milloncitos bien pueden invertirse en la gente de la calle, los migrantes venezolanos, los miserables entre los miserables de las comunas conflictivas, en el personal de los centros de salud y hospitales de barrio. Eso sí que queda registrado en el corazón de quienes se benefician sinceramente.
A estos gobernantes también hay que recordarles que apliquen lo que en algún momento se volvió de moda: la planeación estratégica, inspirada en la estrategia militar, cuya particularidad es la destreza para cambiar de táctica, según las circunstancias. Con mentalidad prospectiva es posible.
Ya ven, los gobernantes gastan tanto dinero en sus famosas campañas mientras sus estudios se reducen, a veces, a copiar trabajos de grado, salvo, obviamente, muy contadísimas excepciones.
El funcionario honesto no pregona su honestidad y mucho menos la publica, simplemente es honesto. Los valores no se predican, se perciben, se aprenden y aplican con el ejemplo a lo largo de la vida; el hogar es el principal centro de formación.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com