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Los sueños de paz y el temor al cambio
A la estrategia legislativa de Santos para estructurar la implementación de los acuerdos de paz le llovieron críticas. La miopía uribista, que sólo busca confundir y desestabilizar al país cada vez que hay noticias de La Habana, no esperó para arremeter contra el Gobierno. Apelando al “respeto del ordenamiento jurídico” y la “destrucción de la institucionalidad” para cuestionar esta medida, concluyeron lo de siempre: “Santos les está entregando el país a las Farc”. Argumentos con los que, para desgracia del país, muchos sectores de la sociedad concuerdan.No soy abogada ni experta en el tema, y tampoco sé si otorgarle facultades extraordinarias al presidente y crear una comisión legislativa especial sean la mejor opción. Pero tengo claro que en una coyuntura política como esta es preciso un cambio. Colombia necesita transformaciones estructurales para enfrentar la dejación de armas de la guerrilla y su inserción en la sociedad —aunque siempre haya hecho parte de la misma—. La implementación de los acuerdos es solo un paso para construir un país diferente, y la ley no puede, ni debe, ser intransigente frente a las necesidades de la población.Ajustar la legislación a los contextos sociales, políticos y económicos que enfrenta el país no es una destrucción de la institucionalidad ni del ordenamiento jurídico, que por cierto ya están bastante degradados. Es, por el contrario, una respuesta a las urgencias de la sociedad por comenzar a construir ese concepto alejado de la realidad que llamamos paz. El hecho de modificar la ley para establecer penas alternativas, garantías a la oposición y una redistribución más equitativa de la tierra, entre otros cientos de cambios estructurales que se necesitan en el país, significa reconocer los estragos de una guerra recalcitrante. Simboliza, entonces, el reconocimiento de una deuda que el Estado tiene con Colombia y de los colombianos con su historia.
Natalia Abril Bonilla. Bogotá.
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