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Pensaba que con la firma del Acuerdo de Paz y la dejación de armas del principal grupo guerrillero que azotaba Colombia retornaría la tranquilidad a todo el territorio y una esperanza de bienestar se abriría para la juventud y niñez colombianas.

Pero no ha sido así. Desde la asunción del presidente Iván Duque Márquez se disparó la violencia en buena parte de las regiones y el asesinato de líderes sociales es el pan de cada día. Parece como si manos invisibles hubieran desatado a grupos delincuenciales que por un tiempo estuvieron recluidos por órdenes superiores, y en un momento dado las coyundas que los tenían maniatados se rompieron, para de nuevo sembrar el terror, el asesinato y los desplazamientos masivos de campesinos, indígenas y afrodescendientes.

El presidente que nos prometió la unidad de los colombianos en los días de campaña, después de obtener el triunfo, paulatinamente rema en sentido contrario, y ese castillo de buenas intenciones que nos había pintado empieza a resquebrajarse; y si no cambia de parecer, y da un viraje radical en su manera de proceder, las fuerzas guerreristas que aparentemente lo acompañan echarán a perder la nave que debe ir a puerto seguro.

En cuanto a la corrupción, un escándalo tapa a otro de mayor envergadura, y los principales actores de esos hechos escandalosos y criminales tienen los medios y los espacios para burlar la justicia y desaparecer pruebas, para luego huir a otro país, donde llegan con maletas repletas de los dineros robados a las entidades donde han sido gerentes o directores.

Lo último que estamos contemplando es una avalancha de acciones turbias, con el cuento de que en los tribunales de la Justicia Especial para la Paz se va a dar protección a mafiosos, que se han enriquecido con el negocio maldito del narcotráfico.

En muchas de las regiones donde hubo masacres en el pasado, grupos de bandas criminales se adueñaron de esos territorios, y los campesinos que no tienen vías para transportar los frutos que recogen de la tierra se vieron obligados a sembrar coca y servir de carne de cañón de las Fuerzas Militares que los persiguen en cumplimiento de su deber como fuerzas del orden.

En cuanto al narcotráfico, los campesinos siembran la coca, pero un grupo de colombianos desalmados ávidos de dinero mal habido venden la coca ya procesada y empacada a narcotraficantes extranjeros, especialmente mexicanos, quienes están haciendo el gran negocio en Centroamérica, Norteamérica y Europa. El negocio traspasó las fronteras colombianas y son muchos los extranjeros que están entrando al narcotráfico. Entretanto, los países consumidores no hacen una campaña verdaderamente radical para disminuir el consumo.

Luis Castellanos García.

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