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En este momento alguien en Medellín, la segunda ciudad más importante del país, tiene que planear su alimentación del día y hacer maromas con el poco dinero que tiene en sus manos para escoger por cuál de las tres comidas (desayuno, almuerzo o cena) va a optar.
Según datos recogidos por Medellín Cómo Vamos en 2022, el 24 % de los ciudadanos dijo que no podía acceder a una de las tres comidas del día, siendo esta escandalosa cifra la más alta en los últimos 17 años.
Medellín tiene hambre y, como suele ocurrir, la pobreza y la dificultad para acceder a una buena alimentación se concentran en la zona nororiental de la ciudad, conformada por Popular, Santa Cruz, Manrique y Aranjuez. La problemática social y económica no es nueva en la zona, pero se agravó en los últimos años debido a diversos factores.
Sin embargo, con una problemática así, la ilusión de que la ciudad sea el “Valle del Software” se diluye debido al duro golpe de la realidad, que pega de frente. Carece de todo sentido pedirle a la ciudadanía que piense en un “futuro” cuando una gran parte de esta solo tiene ánimos para concentrarse en lo que va a comer al otro día.
Los trapos rojos izados en las periferias de Medellín durante el confinamiento realizado para mitigar la propagación del COVID-19 ya daban una muestra del desespero de las poblaciones olvidadas, que, motivadas por la necesidad básica de alimentarse, pidieron ayuda con un grito unísono.
De momento, las comunidades fueron atendidas, pero, como suele pasar en Medellín y el resto de Colombia, la ayuda recibida no fue suficiente para erradicar un problema de esta dimensión. Sería todo un error atribuir la totalidad de los males a la administración de Daniel Quintero, pero tampoco está de más decir que durante su alcaldía poco se ha hecho para atender el hambre en la ciudad y la muestra de ello es la escandalosa cifra que cité al inicio.
Desconocer que la pandemia fue algo que ningún gobernante esperaba afrontar es errar, pero después de meses en los que esta se controló Medellín sigue sumida en la pobreza y el hambre.
Las zonas donde se concentra en mayor medida el índice de hambre ya están previstas por la academia, antiguas políticas públicas y líderes que solicitan mayor atención contando una y otra vez las dificultades con las que ciudadanos de a pie llegan a ellos, pero la intervención integral todavía no se vislumbra en el futuro posible.
En la capital paisa, una ciudad “echada pa’lante”, innovadora, que abre sus puertas de par en par para recibir extranjeros, casi un tercio de la población aguanta hambre y aún me cuesta creerlo. ¿Cuándo se darán en la agenda pública las discusiones para atender el hambre? ¿En qué momento se volteará a ver un problema del que ya se había alertado? ¿Acaso será mucho pedirle al alcalde que se desconecte de Twitter y atienda una necesidad básica insatisfecha en miles de medellinenses?
Sara Alejandra Marín Valencia.
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