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Un par de comentarios personales a propósito del nombramiento del ministro de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible.
Creo que el país no puede darse el lujo de “darle un compás de espera” al nuevo ministro. Los conflictos sociales-ambientales del país y su dolorosa intensificación no nos permiten experimentar (claro, cualquier nombramiento es un experimento, pero esto ya es experimentación extrema). Hay en Colombia —un país que ha sido pionero en legislación, política y prácticas ambientales, al menos desde la década de 1970— bastantes personas con experiencia y criterio frente a la institucionalidad ambiental y la complejidad ecológica y social del país, como para sentar en el gabinete a alguien que estará supeditado a lo que le expliquen quienes le hablen al oído, en versiones necesariamente (¿convenientemente?) muy parciales, dado el apremio. No estoy segura de que abogaríamos por darle tiempo a un ministro de Justicia para que se entere de qué es el sistema penal o a un ministro de Hacienda para que entienda el funcionamiento del Banco de la República, con el argumento de que se necesita buena gerencia.
Segundo, me pregunto por la pauta que se está dando a la institucionalidad ambiental —que efectivamente es urgente revisar—.
Si al Ministerio llega alguien que no cuenta con formación ni con experiencia alguna en cuestiones ambientales, ¿con qué legitimidad se buscará promover la meritocracia, por ejemplo en las corporaciones autónomas regionales, que esperamos que se reestructuren justo ahora? ¿O será que la cabeza de la autoridad nacional ambiental sí puede ser seleccionada con criterios que no tienen nada que ver con su trayectoria, pero las autoridades regionales y locales no?
Espero sinceramente estar equivocada, pero no parece un descuido tener en el gabinete a un ministro sin criterio técnico y sin capacidad de interlocución ni liderazgo en la institucionalidad ambiental oficial ni las organizaciones sociales. Es un obstáculo menos en la imposición de un modelo de desarrollo sobre el que no se tiene intenciones de reflexionar (¡y que ya se está cuestionando seriamente en países “desarrollados”!). Y es también un insulto a los cientos de organizaciones civiles y funcionarios públicos que todos los días ponen en juego su vida en el territorio.
No es que tenga fe en que un ministro puede cambiar el mundo, pero sí creo que la elección de ministros es una señal del camino por el que aspira a transitar el Gobierno. Y está claro que ese camino no pasa por tomarse en serio la base natural del bienestar social.
Paula Ungar. Bogotá.
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