Muerte en la “Puerta de la paz celestial”

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Al cabo de 17 años de revolución socialista, en 1966, Mao Zedong tomó los pinceles para dibujar los caracteres del “gran dazibao”: “Cañonear el cuartel general burgués”. El blanco de la Revolución Cultural que inauguraba el “Gran Timonel” serían los seguidores del camino capitalista, Liu Shaoqui y Deng Xiaoping, “más siniestro y más peligroso que Liu”. Su pecado consistía en afirmar que China debía dedicarse al desarrollo de las fuerzas productivas y olvidar la lucha de clases. “No importa que el gato sea blanco o negro, con tal de que cace ratones”, era la divisa de Deng, pero Mao exigía gato rojo. Deng fue despojado de sus cargos en el partido y en el Estado y Liu murió en prisión.

Años más tarde, acorralado por un grupo de extrema izquierda, la “Banda de los Cuatro”, Mao llamó de nuevo a Deng para enfrentar la sedición que solo pudo ser sometida con posterioridad a su muerte, en 1976. Deng, rehabilitado, accedió de nuevo al palacio Zhongnanhai investido de un poder enorme a tal punto que en 1978 el XI Comité Central anunciaba el gran viraje: “Trasladar el centro de gravedad del partido del escenario de la lucha de clases al de la modernización socialista, la construcción económica y la apertura al exterior”.

La reforma, sin embargo, que sin destruir formas socialistas desarrollaría un capitalismo de Estado, dio paso a una prosperidad sin precedentes en la milenaria China, pero no tocó la estructura unipartidista heredada de Lenin.

En 1989 el estudiantado chino ocupa la plaza Tiananmén para denunciar el despotismo como estilo de gobierno y la corrupción como signo del Estado. El 27 de abril 200.000 estudiantes desfilaron frente al palacio Zhongnanhai, sede del gobierno, para exigir democracia y la implantación de un sistema legal. El movimiento estudiantil, que ya contaba con la solidaridad de enormes sectores obreros, y aun de la prensa del partido, fue calificado de “conmoción” por el premier Li Peng en TV, al declarar el Estado de sitio.

Deng Xiaoping, el combatiente del pueblo, enfiló sus armas contra el pueblo: el 4 de junio de 1989 ordenó a los 150.000 hombres traídos del Asia central avanzar a sangre y fuego hacia la plaza Tiananmén: una masacre colosal, sin parangón. Deng Xioping, un hombre pragmático, rudo, abrasivo, vengativo, fanático del bridge y amante de la cocina francesa, hoy está muerto. El soldado de la Gran Marcha, en sombría senectud deviene, como Macbeth, en asesino del sueño. La muerte se ensañó en Tiananmén, “Puerta de la paz celestial”.

Samuel Camargo Hidalgo. Girardot.

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