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No es la universidad pública la que hoy se encuentra amenazada, es la educación. Lo que comenzó hace unas décadas como el desprestigio del conocimiento, el desprecio por el saber, es lo que nos tiene ahora en crisis. Años atrás comenzó a verse mal saber. El que aprende es un perdedor: ñoño, nerdo, etc. El que sabe, un elitista: alguien que no entiende a la gente común y corriente. ¿Por qué? Porque la gente común y corriente no necesita saber, necesita identificar oportunidades y aprovecharlas. Lo que importa es ser sagaz, avispado, vivo, esquivar obstáculos y allanar al que se te oponga (ya sabemos: con oro o con plomo). La educación, entonces, es un obstáculo en esa carrera al éxito.
Esto se debe, en parte, al sector más tradicional y anquilosado del sistema educativo y a algunos de sus asesores externos (sí, aquellos que solo ven su eficiencia en términos de competitividad). Los mismos que la quieren deshumanizada y eminentemente práctica. Estos encuentran sus aliados en aquellos docentes y directivos que asumen el saber como una acumulación de conocimientos y a la ciencia como una evolución de descubrimientos y no como una manera de pensar.
Estos dos grupos sirven de manera especial a un tipo de políticos. Los historiadores han demostrado la relación entre ciencia e imperio, desde el siglo XVI hasta hoy. Quienes destinan los recursos se hacen siempre una pregunta, ¿esto me dará más poder? Eso fue así tanto en España y Portugal como en Holanda e Inglaterra y en Estados Unidos y la Unión Soviética (sí, “saber es poder”). En los países subdesarrollados la ciencia es subdesarrollada cuando el poder es subdesarrollado (sí, cuando no necesita más para autosostenerse, cuando la democracia es débil).
En Colombia, quienes asignan los recursos se hacen la misma pregunta, ¿esto me da más poder? Algunos políticos, tipos racionales (sí, eficientes al competir por el poder), fruto de la ideología del obstáculo y del sistema anquilosado que promueven, tienen clara la respuesta y por eso invierten en una piscina de olas y no en la investigación, ni en la educación (sí, ellos saben lo que la gente necesita: “pan y circo”). Así, no es la universidad pública la que está en crisis, sino el sistema educativo, desde la educación inicial hasta los programas de doctorado (sí, la privada también). Sin embargo, la crisis no es monetaria. La situación fiscal es apremiante debido a que tenemos una crisis intelectual en la universidad pública y en la privada (sí, en el sistema).
Por eso debemos reformarlo para ejercer el intelecto y para educar de forma diferente (y sí, todos necesitamos recursos para esto, pues educar cuesta). Pero la rigidez de las doctrinas (y de los doctrinarios) nos ahoga la imaginación. Por eso me atrevo a reformular al maestro: yo sueño y trabajo por una educación que nos enseñe a pensar, no qué pensar. El sistema educativo, desde el jardín al doctorado, debe ser el laboratorio vivo de exploración donde se ponga a prueba TODO el saber establecido (sí, TODO, no solo el de los otros sino el de nosotros). El laboratorio vivo donde se busquen nuevas respuestas a las viejas preguntas y nuevas preguntas a las viejas respuestas y que, cuando la evidencia lo indique, cambiemos de opinión (sí, “solo los estúpidos nunca cambian de opinión”). Comencemos otra vez por, ¿qué es el ser humano? ¿Cómo llegamos a aquí? ¿Cómo debe ser la sociedad?, para que el saber sea una manera de pensar y no una manera de responder evaluaciones.
Eduardo Escallón. Bogotá.
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