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Hace unas semanas vivimos otro día sin carro en Bogotá, con las quejas de siempre de los dueños de automóviles.
Pero para la gran mayoría de los bogotanos, que se movilizan a pie, en bus, bicicleta o de otra manera, el día fue un éxito, porque mejoró notablemente la calidad de vida. Durante un día, al menos, no sufrimos el ruido de las bocinas de carros y de los motores de las motocicletas; durante un día, al menos, el aire por las grandes avenidas estaba respirable, los carros no monopolizaban el espacio público y el tráfico avanzaba sin trancones.
Es verdad que muchos trabajaron desde casa y muchos negocios y centros de estudio decidieron no abrir ese día. Pero eso fue por pura adicción al automóvil, porque hoy en día existen más maneras que nunca de transportarse sin una maquina grande y contaminante: aparte del bus y la bicicleta tradicional, hay bicis eléctricas, patinetas y vehículos que yo ni sé cómo se llaman.
Durante el día sin carro más personas de lo normal salieron en bus o bicicleta, y seguramente muchas descubrieron que pudieron llegar a la escuela o al trabajo de manera más agradable y más rápida que atrapadas en un trancón. Porque el carro particular no es el que mueve la ciudad, es el vehículo que la inmoviliza todos los días.
Los adictos al carro argumentarán que los buses son sucios, incómodos y peligrosos. Pero para la gran mayoría de los bogotanos, que no tienen automóviles, la tiranía del carro particular vuelve la ciudad sucia, peligrosa y una verdadera pesadilla muchos días, por los inmensos trancones que sufrimos todos, los que tienen carros y los que no.
Una ciudad sin carros —o con pocos— sería una ciudad mucho más agradable y más sana, porque el carro daña la salud de muchas maneras: contamina el aire, su ruido y sus trancones generan estrés, y el carro es un gran promotor de sedentarismo y obesidad, que causan cada vez más muertes prematuras en Bogotá y en Colombia.
Ojalá todos los días fueran días sin carro, para tener una ciudad más sana, humana y agradable, y para llegar sin trancones al trabajo o la escuela.
Michael. S. Ceaser. Bogotá.
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