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No soy experta en resolución de conflictos ni nada por el estilo. Simplemente, como una ciudadana corriente, deseo que jamás la sociedad colombiana regrese a esos tenebrosos años de las últimas décadas del siglo pasado que tanto nos marcaron.
Deseo que la sensatez del Gobierno, gremios, estudiantes, mujeres cabeza de hogar y lideresas, trabajadores, campesinos, obreros y cuanto líder que levante la bandera de la paz sea el común denominador de las decisiones que en adelante deban tomarse frente a esta delicada situación nacional. No es nada fácil para nadie y mucho menos para quienes sintieron el rigor del endemoniado ataque terrorista.
Sin embargo, es una oportunidad para mostrar la grandeza de espíritu que muchos nos han enseñado a lo largo de la historia del mundo y la Nación. Dar respuesta a un amplio sector social del país que desde el primer instante de la tragedia empezó a pedir a gritos que se reanuden los diálogos con el Eln en La Habana.
Los estudiosos de estos temas de conflicto y procesos de paz nos muestran con cifras y hechos la diferencia entre estos últimos ocho años y el último período señalado correspondiente al siglo XX, al punto que volvimos a reaccionar con horror. Recordemos que fueron tantos y tantos los ataques terroristas y las masacres, que casi lograron insensibilizar a toda una nación que ya no sabía qué hacer.
Como muchos colombianos, habíamos empezado acariciar la idea de un país diferente, con inmensos problemas, sí, pero mirando hacia adelante, corrigiendo errores voluntarios o involuntarios, porque la idea de una vida en sociedad con paz se convirtió en uno de los sueños y proyectos de vida individuales. Eso no va a decaer, solo que nos toca empujar un poco más pesado.
No abandonemos nunca la defensa de todo lo que conduzca a la pacificación. Es allí donde pedimos con toda humildad la sensatez de Raimundo y todo el mundo.
Sigamos soñando como el gran Martin Luther King: “Tengo un sueño…. Les digo a ustedes hoy, mis amigos, que pese a todas las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño… con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad”.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
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