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Por favor, canonizar a Schweitzer

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Propongo, de la manera más cordial y educada, canonizar a Albert Schweitzer. Bastante ganaría la Iglesia católica de adeptos y se haría justicia no solo al personaje sino también a la humanidad, la cual merece un santo de ese calibre. Si la santidad debe ser modelo de virtudes, ejemplo para el mundo, la vida de Schweitzer es un faro que iluminaría las noches más oscuras y su biografía, una brújula para el camino. Acusarán ciertas personas de ingenuidad en demasía, pero si se lee y conoce a profundidad el trajinar de este polímata, se encontrarán razones más que válidas para llegar a un consenso.

Nacido en el seno de una familia protestante, en enero de 1875, desde muy pequeño mostró dotes artísticas e intelectuales que auguraban el futuro promisorio que tuvo. A los cinco años, su padre le dio clases de órgano y en este instrumento descolló más adelante. Desde muy niño, sus paseos al campo le darían un cariño hacia la naturaleza y todas las cosas vivientes, razón por la cual en su vida se compaginó la firmeza de carácter del alemán y la propensión a la sensibilidad humana, el amor a la razón y la entrega al pragmatismo.

Estudió Teología y Filosofía en Estrasburgo y desarrolló una tesis sobre la filosofía religiosa de Kant. Sus estudios se centraron en Jesús, el mesianismo y la historia del cristianismo primitivo. De igual forma, como concertista de órgano en varias ciudades europeas, se enfocó en el estudio juicioso de la música de Bach y llevó a cabo la publicación de varias investigaciones al respecto.

Sin embargo, su vida tuvo un punto de inflexión en 1904, luego de la lectura de un folleto de la Sociedad de Misiones Evangélicas de París, en la cual se instaba a servir como voluntarios en el África francesa ecuatorial, donde la miseria y el abandono eran notorios. A partir de allí, Schweitzer precisó el rumbo a tomar: estudiar Medicina para contribuir a la población africana. Ya había observado muchos años antes una escultura de Bartholdi que le había causado gran impresión, en la que un esclavo negro yacía a los pies de un almirante europeo. Desde allí entendió que él debía convertirse en un ejemplo de servicio, quizá como reivindicación a ese pueblo africano que estaba en la pobreza extrema y explotado por las potencias económicas, entre ellas su país natal.

Renunciando a su prestigio de concertista, vicario de la catedral de San Nicolás y agudo escritor y filósofo reconocido internacionalmente, Schweitzer partió a África y fundó el hospital que hoy lleva su nombre en Lambaréné (Gabón). Desde allí contribuyó notoriamente a curar enfermedades y salvar vidas. Además, advirtiendo la llegada de las guerras por el extremo nacionalismo, formuló sus propuestas de respeto y reverencia por la vida, que le granjearon aún más reconocimiento. Ganador del Premio Nobel de la Paz en 1952, destinó los recursos del galardón a la construcción de otro hospital, esta vez para leprosos.

Por todo esto y muchas otras cosas, la figura de Albert Schweitzer no puede pasar desapercibida como modelo de renuncia y entrega a los demás. Quizás su imagen no esté precedida por el alumbrar de una vela, pero su corazón irradió la llama de la bondad. Aunque debiese seguir los pasos que exige la administración eclesiástica para su canonización, bien valdría la pena entender que Schweitzer, con su labor de sacrificio y servicio, es, por lo menos, merecedor de todas las genuflexiones.

Cristian F. Ramírez G.

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