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La situación de nuestros compatriotas y de muchos venezolanos que viven por los lados de la frontera colombo-venezolana es injusta y perversa por donde se la quiera analizar.
La defensa de las fronteras es inherente a la soberanía nacional, pero en el marco de una amplia concepción de los derechos humanos. Esto parece obvio, repetitivo y casi una frase de cajón. La realidad es que hay que insistir en esa violación del Gobierno venezolano encarnada en su Guardia Nacional, que es la que finalmente “aplica” la orden presidencial. Entonces tendríamos que decir que, aunque Venezuela está en su derecho de revisar quién entra y quién sale, en ninguna parte está que lo debe hacer de la forma como lo viene haciendo: afectando a la población más vulnerable, sin distingos de edad o condición de salud, que es lo mínimo que debe observarse. Hemos visto imágenes alucinantes: ancianos y niños maltratados, mujeres embarazadas o recién dadas a luz, madres que gritaban que su hijo que quedó al otro lado recibe como único alimento su leche materna… Eso es criminal, infame, como al mejor estilo de nazis y fascistas. Es como si aquellos líderes innombrables se hubieran reencarnado en el presidente Maduro, pero sobre todo, en su soldadesca. Es increíble que estos sujetos le digan a una madre que sus hijos venezolanos le pertenecen al Estado. Ni siquiera entenderán lo que eso significa, pero lo repiten por orden de un tirano. Por eso es necesario resaltar la actitud del Gobierno ecuatoriano, que ha recibido a más de 55 mil colombianos en condición de refugiados. No es que estén en el cielo —si no pueden estarlo los nacionales de Ecuador, mucho menos un refugiado—. Pero al menos han sido recibidos con una relativa consideración, se les ha facilitado la oportunidad de legalizar su documentación, han tenido la posibilidad de un “refugio” (vivienda, alimentación) básico que les ayude a pensar su futuro inmediato. Los colombianos que han sido vilmente desplazados de Venezuela es que no tienen cabeza para pensar, pues solo hay espacio instintivo para defender su vida. Y es meritorio que el Gobierno de Ecuador continúe en su tarea de dar refugio a muchos latinoamericanos, de los cuales el 98% son colombianos, porque después del incidente de Reyes en territorio ecuatoriano por allá en el 2008, con todo el revuelo diplomático que esto conllevó, Ecuador no abandonó su papel solidario con colombianos que llegaban desesperados a tierras ecuatorianas, como en cualquier parte del mundo en conflicto. Es verdad que los insultan, los discriminan, pero no se ha visto en el puente fronterizo de Rumichaca un éxodo tan doloroso como el que se ha vivido en el otro puente internacional. Que el Dios de la vida nos libere de que algún día al presidente Correa le dé por hacer algo parecido. Ana María Córdoba B. Pasto.Envíe sus cartas a lector@elespectador.com