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Las sociedades funcionales dependen de la confianza. Cuando la fe en la palabra se rompe estamos, en realidad, viviendo en la barbarie. Hoy la palabra del Estado está en entredicho, les dice a los ciudadanos que la ley está para cumplirse cuando no persigue a ciertos criminales. Si la palabra del Estado no tiene valor, le va a ser imposible negociar la “paz total”, pues negociar asume que podemos cumplir lo que prometemos.
Cuando la palabra del Estado es insignificante, la promesa de hacer cumplir la ley se evapora y la ley, por lo tanto, pierde su fuerza. Cuando creemos en la palabra, esta es poderosa. La sola palabra del Estado puede, por ejemplo, disuadir a alguien de cometer un crimen.
Más que un policía, a los criminales los disuade creer que la ley va en serio. No ha existido ningún Estado en la historia que le haya sido posible tener a un policía acompañando permanentemente a todo ciudadano. El control real está en la disuasión: las normas que no disuaden no existen. Es simple, si los ladrones saben que la ley es una mentira, los robos aumentan.
En la medida que los ciudadanos creemos en la palabra del Estado, contribuiremos con nuestros actos a reforzar la confianza en él. La disuasión se hace real sin necesidad de un policía que esté regañando como el profesor de disciplina de un jardín infantil. La sociedad existe cuando creemos en las leyes, estén o no escritas en piedra.
Hoy las instituciones encargadas de velar por nuestra seguridad no saben si deben hacer cumplir la ley o si dejan a los criminales caminar por el país como Pedro por su casa. El resultado: la ley es una mentira. Los policías no se atreven a combatir a las organizaciones criminales y estas demuestran con actos su dominio del país. Un proceso de paz es un ejercicio de persuasión, es una invitación a los criminales a que cumplan la ley. Solo en la medida que la palabra disuade, esta puede persuadir. Ante el hipotético caso de una desmovilización, si los criminales saben que estarían aceptando unas leyes inexistentes, en realidad no los estarían persuadiendo de cumplir absolutamente nada. La credibilidad no es un capricho, es un requisito indispensable para persuadir a los criminales de aceptar las reglas del juego del Estado. Así los colombianos deseemos apoyar un proceso de “paz total”, sin leyes en las que creamos, no hay una sociedad real a la cual someterse.
La “paz total” es un bonito ejercicio intelectual que no cambiará la realidad violenta del país. Las vacías palabras del Estado representan más violencia, más crimen, más trampa. Que el Estado mismo menoscabe su credibilidad al prometer una cosa y hacer otra solo empeora la realidad. La política de la “paz total” será irrelevante mientras la credibilidad del Estado sea inexistente.
Luis Enrique García.
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