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Me gusta el análisis de El Espectador en su editorial de ayer, en razón a que la administración de los entes territoriales, como en este caso nada menos que la capital de Colombia, no puede tener un “equipo lejano a la experiencia ejecutiva”.
Con urgencia requiere Bogotá reestructuración en ese sentido, porque a su gabinete, como a sus institutos, deben llegar personas “con amplia experiencia en temas de gobernanza”.
Es claro para los ciudadanos que el fastuoso eje Castro-Mockus-Peñalosa en la administración de nuestra preciosa capital le insufló glóbulos rojos a la vida institucional de Bogotá; hoy estamos al frente de una pérdida de confianza ciudadana y al frente de un desmonte de una línea virtuosa de crecimiento institucional que traía Bogotá con la inolvidable trilogía comentada.
Rogelio Vallejo Obando. Bogotá.
95 años y sigue fiel
Deseo unirme a tantos y tantos ciudadanos de todo el mundo para enviarles mi felicitación sincera, con motivo de la llegada de El Espectador a sus 125 años de vida. Esa larga trayectoria sin claudicaciones pero con entereza, rectitud e independencia es motivo de satisfacción para quienes hemos aprendido a quererlo y admirarlo. Quiero aprovechar la ocasión para hacer reminiscencia sobre los vínculos espirituales que me ligan al diario desde hace tanto tiempo. Tengo 95 años de edad y aún perdura en mi memoria el recuerdo de cuando, siendo niño, iba frecuentemente a las oficinas de correos de mi pueblo a reclamar los números de El Espectador para mi padre, que era suscriptor. Desde ese entonces, mi afecto ha perdurado a través de mi larga jornada, sintiendo desconsuelo y rabia por la injusticias de que ha sido objeto el periódico. Hoy, por fortuna, ha logrado sortear todos esos infortunios y llegar airoso y fortalecido a cumplir 125 años.
Arcesio Londoño Jaramillo.Villamaría, Caldas. (Recibida por correo postal y preparada en máquina de escribir).
Una foto mal usada
En la edición impresa del día de ayer, El Espectador ilustró un artículo sobre la mala utilización de la figura de las sociedades por acciones simplificadas (SAS) para evadir impuestos con una fotografía de una prestigiosa empresa de impresión que, por supuesto, ni es una SAS ni evade impuestos. Mil disculpas a esta empresa que, ya que no fue identificada ayer, es preferible no mencionar tampoco hoy.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com