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Respuesta a la columna “La Vicepresidencia” de Óscar Alarcón
En Colombia, el miedo tiene muchas formas. A veces, es un silencio ensordecedor; otras, la distorsión de la verdad. Pero pocas veces se revela con tanta claridad como en el intento por anular los logros de Francia Márquez.
Racismo y discriminación son dos argumentos recurrentes para explicar por qué ciertos sectores se niegan a reconocer sus avances en el Gobierno. Incontables artículos y columnas se han limitado a este debate, sin narrar con profundidad su trabajo para que pueblos históricamente ignorados sigan sembrando paz y dignidad sin poner en riesgo sus vidas.
El racismo y la discriminación perpetúan las desgarradoras brechas de inequidad. Sin embargo, lejos de ser la única explicación, sirven como cortina de humo para eclipsar la importancia de Francia Márquez en la revitalización de democracias agonizantes, tanto a nivel local como global. Por eso, las narrativas para minimizar su impacto no son más que una reacción al temor que despierta en sectores políticos y económicos.
¿Quién le teme a Francia Márquez? Le temen quienes comprenden qué representa y, por tanto, necesitan empantanar los logros de su gestión, como la creación del Ministerio de Igualdad y Equidad que, en menos de un año, estructuró más de 30 proyectos de inversión social para transformar la vida de los nadies.
Su labor incomoda a quienes buscan ocultar que ha llevado infraestructura, educación y desarrollo al Pacífico colombiano. Para ello, ha entrelazado a la nación con los territorios y resuelto retos de la ejecución en regiones de difícil acceso, asegurando que los recursos no queden atrapados en la burocracia.
Su liderazgo en la estrategia África 2022-2026 representa una amenaza para quienes comprenden el potencial geopolítico de fortalecer acuerdos con una región clave en un mundo convulsionado por tensiones comerciales y una posible guerra de aranceles.
Incomoda a quienes prefieren que las mujeres que siembran paz y economía en los territorios sean sólo representaciones simbólicas, pero jamás figuras de poder. Más de 50.000 mujeres han sido beneficiadas con capacitaciones, financiación y acceso a mercados, proporcionándoles herramientas para ocupar el lugar que les ha sido negado históricamente.
Desafía a quienes buscan opacar su compromiso en la formulación de la primera política pública integral para la población LGBTIQ+, en un entorno donde predomina el silencio ante retrocesos significativos en la lucha por la igualdad. También es un golpe a quienes ignoran la trascendencia del Sistema Nacional del Cuidado, vanguardia en Latinoamérica en la protección de las personas cuidadoras.
Amenaza a aquellos que confunden racismo y discriminación con prejuicio, minimizando el horror de estas opresiones. Así, se invisibiliza la Comisión Intersectorial Nacional de Reparación Histórica que busca una política para reparar la deuda del colonialismo en un momento donde el terror estremece a diferentes cuerpos. También se opaca la expedición de los decretos 1396 y 1384 de 2023, que reglamentan la Ley 70 de 1993, tras tres décadas de silencio.
Intimida a los que saben que sus sueños –y los de muchos– se edifican con esmero y constancia, resistiendo los intentos por convertirlos en pesadillas. Quienes descalifican su labor por una supuesta ausencia técnica, porque desconocen el juicioso proceso aplicado para convertir ideas en políticas tangibles.
Le temen porque la acusan de no hacer nada, pero han tenido que movilizar todo un aparato mediático para ocultar lo que ha hecho. Le temen quienes saben que la dignidad se hará costumbre gracias a un corazón bien puesto que no duda en usar su voz para resignificar nuestra democracia.
Por ello, la pregunta no es quién le teme a Francia Márquez, sino hasta cuándo permitiremos que el miedo defina qué voces merecen ser escuchadas.
Diana Carrillo González
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