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Respuesta franca del régimen franco

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¿Para qué tanta zona franca?, es la pregunta formulada en el editorial del pasado lunes 17 de octubre del diario El Espectador y, aunque es pertinente, la respuesta no lo es tanto, como con sobrados argumentos ya lo pudo demostrar una lectora al día siguiente y a cuyos puntos de vista adherimos plenamente.

En primer lugar hay que señalar que la definición de zona franca va más allá de la simple semántica que da para pensar que allí pasa de todo y sin reglas. Por el contrario, las reglas existen y son de tal magnitud que la aprobación de una zona franca no es cuestión de poca monta e interviene un comité intersectorial donde tienen asiento todas las entidades que el editorialista señala como responsables de la presunta “proliferación” y de los “interminables” beneficios, que en realidad no lo son, sin desconocer que es un régimen aduanero y tributario especial para atraer inversión y desarrollar empresas productivas y competitivas. Que además no es un invento colombiano y buena parte del crecimiento económico de países como China, Estados Unidos y la India está soportado en esta modalidad de negocio.

Y ahí está la respuesta. Es esa, y pensar en otra como la expuesta en el editorial, si bien llama a la reflexión, lo hace con información que reclama veracidad y, principalmente, vivir y saber del negocio, de sus ventajas y desventajas y, en resumen, de su realidad, no de su percepción o parecer.

Es cierto, hay 107 zonas francas aprobadas y en 2014 habrá nueve millones de metros cuadrados para empresas bajo este régimen. Como es también cierto que el país ya se enfrenta a 13 Tratados de Libre Comercio, ocupa un pésimo lugar en exportaciones y debe triplicar las no tradicionales en el mediano plazo y el desempleo sigue siendo alto. ¿Para qué tanta zona franca? Para hacer parte de esa tarea, hacerla bien y a favor de la productividad y la competitividad del país.

No es para no pagar impuestos, como se afirma en el editorial. Tampoco para facilitar el contrabando técnico. Las zonas francas pagan impuestos y eso hay que decírselo a los lectores, a una tarifa diferencial del 15%, quizás pagan más impuestos que otros negocios cuya tarifa real de tributación está por debajo de ese porcentaje y se ubican en otras zonas del territorio nacional o se esconden en la informalidad. Son auxiliares de la función aduanera, precisamente para que estos procedimientos sean más expeditos en manos de un usuario experto; no en vano ya se anuncia que varias zonas francas del países serán de los primeros Operadores Económicos Autorizados, modalidad del comercio internacional promovida por la OECD.

Pero además la creación de una zona franca en Colombia no supone que el Estado renuncia al control tributario, aduanero y cambiario —si lo hubiere— y que allí las autoridades no tienen competencia, cuando la realidad es otra: se facilita el control tanto en las nacionalizaciones, como en los tránsitos aduaneros y demás modalidades de comercio exterior. Para una Aduana con las debilidades de infraestructura, tecnología y funcionarios, como la colombiana, ¿qué mejor que zonas francas o parques industriales para controlar el comercio exterior? Eso hace parte de la facilitación y por ende de la competitividad.

Capítulo aparte merecen temas de la materialización de las inversiones y el empleo. En el pasado Congreso de Zonas Francas, un alto directivo explicó que una decisión de inversión de un usuario interesado en invertir bajo este régimen podía tomar hasta dos años. Uno solo y después de trabajar al menos 70 inversionistas. El régimen franco, tal y como está concebido hoy, tiene cinco años, ¿dónde está la “varita mágica” para que se disparen la inversión y el empleo? Sin contar la incertidumbre que recae sobre el régimen cada vez que algún funcionario, que no lo conoce o no lo entiende, decide aventurarse con opiniones a priori. De hecho, los Planes Maestros de las zonas francas prevén —con excepción de las especiales— largos períodos para cumplir con lo aprobado.

Hablar del costo fiscal también es lugar común, pero sin la información es poco lo que se puede anticipar. El editorialista afirma que sin el régimen franco habrían llegado muchas de esas inversiones al régimen tradicional, pero eso no es lo que dicen los empresarios. El costo fiscal de qué, de empresas que si no llegan igual no van a tributar a ninguna tarifa, ni la del 33% como tampoco la del 15%.

La productividad es otra manera de leer el costo fiscal. Sobre qué base tributarían si llegan o no, si se ubican o no en el régimen franco. Ni siquiera la DIAN lo tiene calculado, como tampoco tiene cuantificado lo tributado, porque, de nuevo, impuestos sí pagan quienes se amparan en el régimen franco.

La invitación es esa; hay que conocer el régimen de zonas francas para poder evaluarlo y medirlo. Hay que dejar que el régimen prospere, antes que esperar un marchitamiento, cuando éste ya ha sido probado con éxito en países que hoy son referentes en productividad y competitividad. Esa es la respuesta de para qué tantas zonas francas: para hacer la tarea que aún está por empezar a favor del crecimiento económico y el empleo.

No le pongamos palos a la rueda de la prosperidad, dejemos que el modelo madure para pedirle cuentas, no anticipemos comentarios, cuando aún el régimen está en crecimiento y desarrollo.

Javier Díaz Molina. Presidente ejecutivo Analdex.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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