Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Entre los hechos más desconcertantes de los últimos tiempos en Colombia está el caso del exdiputado del Valle Sigifredo López.
En el editorial de El Espectador del domingo 20 de mayo se resume y se aborda con mucha serenidad, pero sobre todo con la dignidad que merecen la familia del imputado y todas las familias de los diputados asesinados, porque entre ellos se habían establecido sinceros lazos de fraternidad, solidaridad y apoyo. En general, la prensa nacional en sus diferentes dimensiones ha adoptado esta actitud, pues es muy difícil irse en contra o estar a favor, mientras no haya un pronunciamiento contundente de parte de la Fiscalía, que ahora más que nunca se juega su credibilidad frente a todo un país.
Si es verdad qué, horror; si es mentira, qué horror. Una de estas dos hipótesis es la que debe probarse sin rodeos. Aquí no cabe un término medio, porque dejar la duda sería mucho más desconcertante de lo que ya tenemos ahora. Si todo se confirma, como ya lo señaló una familiar de los diputados asesinados, que le caiga todo el peso de la ley, que la psiquiatría estudie el caso para identificar otras actitudes similares, que se proteja a la familia López. Pero si todo resulta una falsa alarma, un error o una posición amarillista, que se pida no unas simples y llanas disculpas, no, sino perdón con mayúsculas y con el mismo despliegue que ha tenido la noticia en todos los medios de comunicación.
El caso de Sigifredo López no debe dar lugar a otras suposiciones, como las que hizo Navarro Wolff. Por más que él tenga una apreciación más fundamentada, no deja de ser una suposición y el camino al infierno también está lleno de suposiciones. La justicia y la Fiscalía son las llamadas a erradicar cualquier duda y afirmar y reafirmar lo que, justamente, encuentre. Es la hora de la verdad para este caso y otros que no tienen tanta divulgación.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.