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Sin combatir la corrupción no hay paz

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Todos los días, absolutamente todos, nos trae la prensa escrita, hablada o televisada un nuevo escándalo de corrupción en diferentes flancos de la sociedad. Como una pandemia, no queda espacio libre de este flagelo, que se ha hecho una costumbre y se ha convertido en algo así como una ley, con la actitud de sinvergüencería y cinismo de quienes son sorprendidos o acusados por sus triquiñuelas. Nadie se asombra del nuevo escándalo. Quién tendrá el valor civil de transformar esta frase de campaña de todos los que han salido elegidos (presidente, senadores, representantes), que ya no cala en la conciencia de nadie, en un quehacer cotidiano mediante acciones gubernamentales eficaces. Con seguridad no se necesitan más leyes, se necesitan funcionarios valientes que las cumplan. El Pacto Histórico tiene la oportunidad y los elementos a su favor, sin olvidar que el cáncer de la corruptela oficial es invasivo. ¿Quién y cómo aplicará la quimioterapia de erradicación del mal? Estamos a la expectativa.

Lo primero es la selección de personas idóneas y de gran solvencia moral, algo que casi todos los designados como ministros cumplen. Lo que sigue es igualmente importante, a su vez: que ellos tengan mucho carácter para remover de sus cargos a gente sospechosa ubicada y bien atornillada en los mandos medios de ministerios y oficinas de planeación nacional, departamental y municipal. Sobre todo esos benditos asesores y contratistas que a veces son secretarios que, como marionetas, acumulan “poder” y contribuyen a que los asuntos de interés se congelen o simplemente se envíen a los anaqueles de los archivos. El miedo a quitar a un fulano o perengano porque es quien “conoce el mecanismo de la oficina” es el tumor canceroso de la corrupción que no se puede erradicar. La gente buena le tiene miedo, pánico, porque tiene la posibilidad de embarrarlos con tal de salirse con la suya. Abundan esos funcionarios de segunda o tercera categoría con un poder detrás de su hipócrita rostro de “yo no fui”.

Por supuesto, están los politiqueros que también son un quiste canceroso de difícil erradicación. Ellos tienen buenas maneras como senadores o representantes, pero igual su comportamiento para presionar nombramientos y, de paso, asignación de licitaciones con la cuota escandalosa que ya se conoce, según las características del contrato, es infame porque no les interesa el país. ¿Quién y cómo los hará renunciar a esa mina de plata? Comiencen con el Plan de Alimentación Escolar (PAE), porque los niños están primero. Y sigan con todo lo demás con prioridad.

Ana María Córdoba Barahona. Pasto.

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