Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cultura ciudadana en el transporte masivo
Muchas personas vieron el nuevo vagón-escuela del proyecto en marcha del metro de Bogotá casi que como una afrenta, pero la administración distrital dice que es para promover la cultura ciudadana en el futuro sistema. Se puede considerar que sí tiene algo de artificioso ese ejercicio pedagógico pues el problema real ya existe y es el comportamiento de los usuarios en Transmilenio y la convivencia en el sistema como un todo. La ciudadanía ya padece un sistema inseguro y hostil para todos sus actores, incluyendo conductores atacados, asaltos y acoso sexual, tanto en las estaciones y los articulados como en rutas alimentadoras y accesos (colados). Eso es lo que hay que trabajar, llevando como bandera de la administración del sistema, en primer lugar, un excelente nivel de servicio en frecuencia, regularidad y seguridad. El problema no se soluciona llevando militares con sus fusiles a las estaciones y portales, como ocurrió recientemente y lo mostró Transmilenio en sus redes sociales, para luego borrarlo por las críticas. Es muy pronto aún para sensibilizar sobre el uso y comportamiento en el metro; es muy urgente garantizar un entorno seguro del transporte que usan millones de bogotanos diariamente hoy.
Santiago A. Monsalve.
Sancocho de leña
La carta del lector Jorge Enrique Santacruz en edición reciente sí es de auténtica antología. En términos graciosos, evocadores de otros tiempos y fiel registro de los actuales, pinta de mano maestra la delicia que es dable vivir en una tarde de “paseo de olla”, ojalá a la orilla de un río y en una tierra caliente de las múltiples y muy bellas que existen en Colombia.
Para quienes íbamos, cuando fuimos jóvenes, a estos convivios familiares con vecinos y amigos de la cuadra, los recuerdos de Santacruz, respetando y admirando sus derechos de autor, son también nuestros. Y para las nuevas generaciones son un bello ejemplo de cómo sí fue y más aún será posible vivir momentos de armonía, tranquilidad y goce estético al pie de la naturaleza, degustando ricos platos criollos y, por todo ello, en medio de una paz que ojalá (así mi generación no la viva) se haga realidad en este país, hoy sin rumbo conocido ni aparente. Gracias, don Jorge Enrique.
Víctor Manuel Ruiz.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com