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Como de costumbre me subí en el alimentador. Ya había pasado la hora pico del transporte público, el bus estaba algo vacío. Me senté en una silla en la parte de adelante. Tomé mi maleta y saqué el periódico del domingo pasado que no había terminado de leer; iba en la página internacional. Doblé el diario y comencé a leer sobre Siria y su terremoto. Todo iba normal, una que otra mirada extrañada al ver a un joven leer en medio de una población enceguecida por el teléfono celular, algo que ya es normal para mí. Al arrancar su camino el bus, en diagonal mío quedó una silla desocupada —poco común, cuando todo el mundo viene cansado—. Escuché una voz femenina, de unos 40 años, que le dijo a otra persona: “¿Por qué no te sientas allí?”, a lo cual replicó otra voz femenina, algo más joven, de forma negativa, argumentando que llevaba “todo el día sentada”.
“Siria o una tragedia sin fin”. Así se titulaba dicho reportaje. Avancé en mi lectura y fui sintiendo un calor apabullante en mi brazo, que se abalanzaba y hacía algo de peso sobre mí. Con el rabillo del ojo percibí que era aquella chica que se negó a sentarse. Sentí que seguía a mi ritmo la lectura y quizá una mirada hacia mi rostro. Sentí su intención de conversar; sin embargo, ninguno tomó iniciativa. Pasé la página hacia un artículo similar: “Terremotos y edificios débiles en Turquía”. Cada vez más sentía su calor en mi hombro, su rostro estaba volcado completamente sobre el diario. Su presencia era un poco intimidante, pero especial.
Abruptamente cerré El Espectador y me dirigí hacia la puerta de salida sin mirar hacia atrás. Por el espejo del conductor intenté mirarla, pero parecía que hubiera desaparecido. Bajé y esperé a que avanzara el bus. No había desaparecido. Se sentó en la parte de atrás, cabizbaja, con sus brazos cruzados y con cierta percepción de tristeza o desilusión.
No sé si te interesaban los sismos, la coyuntura de Siria o el simple hecho de leer. Solo espero que en la próxima vida, o en el próximo bus, o en la próxima noche nos encontremos, pueda reconocer tu rostro y charlar un poco. Solo sé que me reconocerás fácilmente.
Juan Ladino. Bogotá.
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