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Sobre la columna “Un pesebre políticamente correcto”

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Desde que descubrí a Arturo Guerrero me he enganchado de su pluma casi poética, pero política, y me he vuelto fiel lectora de sus columnas en El Espectador. Sus letras evidencian que él es un hombre crítico sensible y librepensador. Por eso, recibí con profunda decepción, como una bofetada, su última columna: “Un pesebre políticamente correcto”. Tuve que asegurarme dos veces de que fuera él quien escribía, pero su estilo de redacción es inconfundible. “¿De verdad Arturo Guerrero cae en la torpe falacia de la corrección política?”, me pregunté incrédula.

Quienes recurren al argumento de la corrección política caen (como es su caso) en la falacia del hombre de paja. Es decir, construyen una falsa argumentación que no defiende nadie, es fácil de destruir y se la atribuyen al adversario para ridiculizarlo y restarles seriedad a los argumentos serios. En su columna, se vale de la burla a una inexistente militante de una “Asociación por los Derechos de la Mujer” y referencia con sorna el chistosísimo video español donde esta mujer, en un ejercicio de corrección política, le exige a la Virgen recién parida que se ponga de pie en nombre de la igualdad de género. Él sabe que en la vida real nunca una mujer feminista haría algo así, pues nuestra lucha no es esa. Pero, claro, es necesario parodiar para poder acusarnos de “corrección política” (eufemismo que él usa para no nombrar la estupidez), porque si se remite a la realidad sabe que su argumento es insostenible. ¿Exigir salarios justos es corrección política? ¿Lo es protestar contra la violencia sexual?

Señor Guerrero, cuando usted escribió la columna “Ellas ante los peldaños del abuso”, sentí en usted un verdadero aliado, capaz de reconocer que nuestras luchas no son baladíes, sino que, como usted lo dijo, “las mujeres están ejerciendo puntillosamente una reivindicación que sus antepasadas no soñaron”, y en cambio algunos hombres “no entienden las batallas sin cuartel”.

Usted concluye su columna y dice: “Esos bandos se escudan en que sus dogmas son profundamente políticos. (…) Los excesos y aspavientos de sus militantes se arropan bajo una línea irreprochable que supuestamente los preserva de problemas o desviaciones ideológicas. No advierten que ellos mismos son el problema”. Lo invito a que hable en concreto. ¿Quiénes son “esos bandos”? ¿Cuál es ese “problema”?

Escribo esto con todo el respeto y ojalá le sirva para reconsiderar.

Atentamente, una decepcionada seguidora suya.

Diana Bessudo. Bogotá.

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