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Soy licenciada en filosofía y letras y especialista en enseñanza de la literatura con énfasis en lectura inicial. Estos estudios los hice a distancia, antes de Belisario Betancur y en compañía de maestros de las áreas urbanas y rurales de mi departamento.
La primera discusión con ellos se me presentó por no sacar las preguntas de un examen: ellos no estudian para aprender, sino para subir en el escalafón. Estuve 12 semestres y medio con ellos.
Otro problema grave es que ellos son analfabetos funcionales, aprendieron a decodificar los textos, pero no los entienden y así les pasan ese aprendizaje a sus alumnos, que también quedan como analfabetos funcionales. Además, si supieran leer bien no lo podrán hacer, pues en las veredas los colegios carecen de bibliotecas actualizadas o de nuevas tecnologías, porque a muchas de ellas no ha llegado ni la luz eléctrica. Pero hay más: un buen libro vale entre $45.000 y $50.000, este dinero no les sobra de su exiguo salario y, por si fuera poco, ni en la vereda ni en la cabecera municipal hay librerías, la primera buena en mi ciudad es Panamericana, que llegó hace un año y los libros son venenosamente caros.
Fui profesora de los maestros y luego de sus alumnos en un curso preuniversitario, que escriben ojalá así: “HOGALA”. En algún curso de la especialización el profesor empezó a nombrar autores para escoger un libro y sólo supieron que era Shakespeare cuando vieron el nombre escrito en el tablero. Otro día, ante la exigencia del mismo profesor para escoger autores, una profesora le contestó: “Lo único que podía leer eran las historietas en las que venía envuelta la panela el día del mercado”. En una escuela del área urbana la directora me recriminó así: “¿Usted con tantas lecturas a cuántos niños ha enseñado a leer? Pues yo sin leer NADA les he enseñado a cinco mil niños”, y otra del área rural de una escuela patrocinada por Cemex, que realmente no aprovechaba este vínculo, me aclaró así una pregunta mía: “Mire, yo ya debía estar jubilada, pero, ¿qué me quedo haciendo en mi casa?”. Como verán ustedes, señores de El Espectador, el problema es gravísimo y su real solución sí y sólo podrá llegar con el cambio de maestros de edad madura y mejor capacitación para los jóvenes.
Martha Cecilia Sánchez, de Estrada. Ibagué.
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