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Ha surgido una nueva imposibilidad en el mundo. Nuestra juventud es la más deprimida en toda la historia. Nos basamos en datos precisos que adquirimos sobre los habitantes de países densamente poblados, como China, por ejemplo, donde los jóvenes prefieren estar conectados día y noche, detrás de una pantalla, que hacer sus vidas normalmente. Y es que la tecnología nos ha provisto de una soledad inimaginable.
Lo hemos experimentado en la pandemia de COVID-19, que asoló al mundo. La tecnología nos ayudó a conectarnos, vernos entre nosotros. No obstante, muchos jóvenes prefieren esta forma de comunicación. Creen, sin dudarlo, que la tecnología llegó como un medio de sustitución de la realidad. Pero lo cierto es que no ayuda en nada; puede darnos esa sensación de estar rodeados de gente, personas que nos escuchan y hablan con nosotros, pero nada puede sustituir las relaciones personales de cara a la realidad.
Me gustaría aclarar, valga la redundancia, que la tecnología ha facilitado el acceso a la información de los más jóvenes. Podemos ver de lleno las atrocidades del mundo y empezar a conocerlo a temprana edad. Las restricciones de edad no son una ayuda aparente, pueden ser evadidas sin mucha molestia. Eso nos lleva a pensar que la escala de soledad y depresión irá en aumento año tras año. Es cada vez más fácil romper nuestra burbuja de ignorancia.
¿Qué podemos hacer sin recurrir a la máxima de la que hablaba Unabomber? Concientizar es una clara respuesta, pero tampoco sirve. Decirle que no a un joven provisto del derecho a la duda y a su celular es perder la batalla. Cada quien sabrá barajar los trucos que tenga a mano. De igual forma, cabe destacar, podemos seguir evolucionando, sirviéndonos de la tecnología, un mal necesario. Sin embargo, prefiero dar aviso sobre mi observación, ya que no muchos conocen el poderío que hay detrás de la pantalla con la que leemos esto.
Diego Fernando Marino.
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