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Tenía que ser el…

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“Aquel niño que no juega no es niño. Pero el hombre que ya no juega desterró al niño que llevaba adentro (que mucha falta le hará luego), y con él, sus más coloridos y mágicos años”.

Parafraseando al gran Pablo Neruda y exaltando las palabras de la extraordinaria Madre Teresa de Calcuta, quien afirmaba explícitamente que: “Los niños son como estrellas, nunca serán demasiados”; quiero rendir a través de estas cortas, pero redentoras líneas, un sincero homenaje no solamente a esos niños estrellas o pequeños gigantes que durante décadas han alimentado al infante que todos llevamos dentro, sino a los adultos que aquéllos encarnaban, fuera de… La Vecindad.

Al Chavito que se transformaba en el doctor Chapatín, el Chapulín, Chaparrón Bonaparte o el Chompiras, o a una consentida “Popis” que se vestía de huraña y enamorada Doña Florinda, o deslenguada Chimoltrufia. Personajes fascinantes que definitivamente no han dejado de oxigenarnos el alma con cada una de sus ocurrencias. Precioso espejo y puente espacial que nos teletransporta entre el ayer y el hoy.

Quizá todos y cada uno de sus admiradores contamos también con un barril en dónde meter la cabeza huyendo del mundo. Sin fondo por supuesto, “a donde ni siquiera pueda llegar la conciencia”.

Periódicamente, “no sé, quien sabe, a lo mejor, quizá, pueda ser” nos aceche aquel “cobrador de renta” a quien a veces sólo quisiéramos dejar inconsciente “sin querer queriendo”. Nunca faltó en la infancia (ni aún hoy día probablemente) el amigo engreído, acomodado y caprichoso, a quien suplicábamos con un “anda di que sí” para que nos “platicara” un rato y nos prestara algún “juguete”; pero el mismo a quien también le dijimos “no me simpatizas” y a quien de repente nos tentó “descalabrarle los cachetes”.

Cuántos dolores de cabeza no le producimos a diario a aquella persona a quien sólo apuntamos a decirle “bueno, pero no te enojes”; ¿cuántas veces la indómita lengua ha sido más rápida que el cerebro y, avergonzados, dejamos salir un “se me chispoteó”? O, ilusionados, respondemos ansiosamente “eso, eso, eso”.

Eso representa para muchos Chespirito, y cada una de sus maravillosas creaciones; personajes adobados de una alquimia que nos embelesa el alma cada vez que nos entretienen el corazón. Hijos de una manufacturada diversión espléndida. Espejos de una realidad perenne.

Ya el párrafo está pidiendo pista y es justamente aquí, respetando los límites de la columna, que yo digo: “Todas mis palabras están fríamente calculadas”.


Fernando Carrillo. Bogotá.

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