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Dos cartas de los lectores

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Las que no estuvimos en las marchas del 8M

El acto más feminista que podría hacer la Alcaldía de Bogotá en este momento es abrir todos los colegios, jardines y guarderías de la ciudad. Nosotras las madres trabajadoras ya no podemos más. Necesitamos que nuestros hijos vuelvan al cuidado y a la educación realizados por profesionales en quienes confiamos. No más exigencias onerosas, no más trabas a la reapertura. Necesitamos que haya un puesto presencial en un colegio, jardín o guardería para cada familia que desee que su hijo entre en persona en este momento. Claramente hay mujeres con más o menos recursos y apoyo para enfrentar la carga enorme que la sociedad nos ha impuesto desde hace un año, pero en general esta situación del cierre de los institutos educativos y de cuidado nos está afectando a todas las madres trabajadoras, sin importar el estrato social. Es importante que los feminicidios disminuyan a cero y lo demás que exigieron las personas que pudieron salir en las marchas del Día de la Mujer. Pero la forma más rápida y efectiva de mejorar la equidad de género en este instante es permitir que miles y miles de madres trabajadoras volvamos a generar ingresos, influir en el entorno profesional y participar en la comunidad por fuera del espacio doméstico, a través de la apertura inmediata de colegios, jardines y guarderías públicos y privados.

Jessica Wade-Murphy de Jiménez. Bogotá.

Negligencia con la laguna de Suesca

En la edición digital de El Espectador del 8 de marzo se lee que el director de la CAR de Cundinamarca y la Gobernación del departamento “anuncian medidas de corto, mediano y largo plazo” para atender la sequía de la laguna de Suesca. Queda uno atónito. En las fotografías se muestra que en 2016 la laguna se encontraba en su nivel normal. Un año más tarde se observan los primeros deterioros y en el cortísimo período de tres años la sequía es total. Fue necesario llegar al desastre ambiental y ecológico para que las burocracias de la CAR y de Cundinamarca se reunieran a “estudiar” el problema y a proponer soluciones anodinas. Esto significaría que se evitó toda acción preventiva para acudir a medidas correctivas. Me pregunto si los funcionarios se enteraron gracias a la denuncia de los medios de comunicación. De no ser por eso, ¿el gravísimo daño causado seguiría inadvertido? ¿Estará ya enterada la Procuraduría General de la Nación? ¿Hubo absoluta negligencia de quienes representan el Estado? Y todo lo anterior ocurre a un par de horas de la capital de Colombia. Qué esperar entonces de cuanto sucede en lugares un poco más alejados, como ocurre con la laguna de Tota en Boyacá, en donde la cebolla reemplazó sus bosques ancestrales y el agua terminó literalmente envenenada ante la indiferencia de todos. Es apenas justo que la ciudadanía reciba una explicación sobre las verdaderas razones que originaron el desastre. A este paso, el compromiso de Colombia por frenar el cambio ambiental que amenaza al planeta deja demasiadas dudas.

Omar Raúl Martínez G.

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