Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En nuestros inicios como especie, el ser humano experimentó situaciones que lo llevaron a pensar en obtener una ventaja competitiva frente a las demás especies. Sintió la necesidad de ajustar su entorno a sus necesidades básicas diarias. Como resultado, forjó los primeros asentamientos adaptados a su contextura física, al clima de la época y a los peligros amenazantes de algunos depredadores.
Con el tiempo, el humano desarrolló su corteza cerebral, marcando una diferencia notoria entre las demás especies. Esta diferencia ha moldeado el mundo tal y como lo conocemos. Con el pasar del tiempo, la sociedad actual se forjó producto del maremágnum de ideas racionales e irracionales.
Surge el interrogante: ¿Qué produjo la dependencia de modelos autoritarios y monarquías como sistemas de gobernanza?
Este interrogante es difícil de responder porque hablamos de millones de años de evolución, desde humanos primitivos nómadas hasta organizarnos en tribus, imperios, ciudades, Estados y países. Pero toda esta organización llevó a la humanidad a depender de líderes y, en el peor de los casos, de multinacionales que manejan el direccionamiento de la sociedad.
No hemos evolucionado, solo somos peones en un tablero de ajedrez manejado por humanos con intereses individuales. El problema radica en querer encajar en modelos económicos diseñados para un nicho y producto del imaginario de seres de alto poder adquisitivo. Esto nos lleva a una mentalidad consumista, egoísta y pobre de empatía.
Si nos damos cuenta, el dinero no es más que un papel o metal diseñado para manipularnos y someternos. Vivimos en un mundo grande en extensiones pero pequeño en libertad.
Yeison Orlando Torres Mejía.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com