Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Una historia real para pensar en el concepto de la familia, tan manoseado por estos días.
Una “familia disfuncional”
Llegó en un día de mayo a la que, desde esa fecha en adelante, sería su casa; tenía un año y medio, calzaba unas boticas blancas, que parecían más grandes que sus diminutos pies. Con el ceño fruncido, observaba todo, arriba, abajo, a los lados; ni una palabra, ni una sonrisa, ni un llanto, ni un gemido. Las escalas hacia el segundo piso estaban adornadas con bombas, serpentinas y un gran aviso en el que se leía: ‘Bienvenido’.
Pues bien, por lo menos tres días estuvo sin modular ni balbucear nada; luego se fue tomando confianza, empezó a recorrer los espacios, a reconocerlos y a asimilarlos suyos. Su madre adoptante, una profesional, soltera, un trabajo estable y un corazón henchido de felicidad y bien dispuesto para entregarle a ese nuevo habitante de la casa todo su amor y comprensión. La familia, según la senadora Morales “disfuncional”, compuesta por la mamá, dos abuelos y una tía, adoptantes. La abuela moriría al poco tiempo y más tarde lo haría el abuelo.
¿Con qué palabras expresar la felicidad cuando por primera vez la miró y le dijo mamá, cuando balbuceó las primeras canciones, cuando prescindió del pañal, cuando empezó a comer solo, a escoger lo que quería vestir? ¿Cómo expresar el dolor compartido, cuando se cayó de su pequeña bicicleta? No existe el lenguaje que describa esas alegrías y esas tristezas, y las satisfacciones posteriores, viéndolo crecer sano y hacerse hombre, asistiéndolo en sus logros, corrigiéndolo si hacía algo incorrecto, siendo cómplice de sus pilatunas y ayudándolo a labrarse un futuro próspero.
Pues bien, este chico criado en el seno de esta familia (disfuncional: la mamá y la tía), sin un papá, es egresado de un buen colegio de Manizales, toca batería, guitarra, le gusta la fotografía, ya cursa estudios en una universidad de la ciudad, con la idea clara de ser un profesional ético, responsable y comprometido; hoy cuenta con 18 años, es mayor de edad y votó por primera el dos de octubre por el plebiscito. No fuma, no es drogadicto, no es alcohólico, no roba, no es atracador, le encanta la rumba, bailar, tomarse unos tragos de cuando en vez, es decir es en un joven normal, en el sentido estricto de la palabra.
La pregunta es: ¿qué hubiera pasado si esta familia “disfuncional” no lo hubiera adoptado? Hay dos posibilidades: una, que alguien más lo acogiera; y dos, que nadie lo hubiera protegido; en este último caso, hoy, con 18 años, estaría seguramente en la calle, sin una mano amiga que lo acompañe, sin quién le pregunte cómo está, qué siente, qué quiere, cuáles son sus perspectivas.
Y si el Senado aprueba que los colombianos votemos en las urnas, la propuesta de la senadora Viviane Morales, ¿cuántos niños se envejecerán en los Hogares Sustitutos de Bienestar Familiar, esperando que una familia “funcional” —(papá (hombre) + mamá (mujer)— los adopte?
Alba Nelfy Bernal O. Manizales.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com