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El valor de algo reside en aquello a lo que renunciamos para obtenerlo. Esta es la definición del coste de oportunidad, un concepto clave en la economía y aún más en nuestra vida cotidiana. Es probable que la mayoría de las personas jamás se hayan cuestionado su forma de vida. Quiero decir, ¿para qué hacerlo? No tiene sentido reevaluar mi placentera rutina: me levanto mucho antes de que salga el sol; disfruto de un relajante tráfico vehicular de aproximadamente dos horas; degusto las exóticas y saludables preparaciones de la señora Rosa, la vendedora de la esquina; llego a mi excepcional trabajo, donde estaré cerca de nueve horas conviviendo con notables profesionales; nuevamente el tráfico y después de todo esto llegaré a mi reconfortante hogar mucho después de que se haya ocultado el sol. ¡Qué ansias del próximo día!
Para obtener la entrada a este exclusivo mundo civilizado, se requiere de incontables y muy exigentes requisitos. Aunque, irónicamente, el más importante es desprenderse de su humanidad. Si nuestro objetivo es pertenecer y crecer en este mundo, el proceso que se debe seguir es el siguiente: tomar los elementos que componen nuestro espíritu, agruparlos y seleccionar detenidamente los atributos indispensables para la buena adaptación a la sociedad, como podrían ser el miedo, el conformismo o la sumisión. Por otra parte, es preciso extirpar otros componentes altamente nocivos que podrían atentar contra el pacífico orden social. La iniciativa, la independencia o el subversivo pensamiento crítico son peligros potenciales que cuanto antes sean eliminados será mucho mejor para “la mayoría”. Cuando hago referencia a “la mayoría”, me dirijo a los seres racionales que conforman y orgullosamente se reconocen a sí mismos como miembros del todo, aunque en verdad no forman nada.
Si en lugar de renunciar a nuestra humanidad decidimos conservarla, no se podrá ser parte de la avanzada sociedad. No obstante, seremos bienvenidos en el insignificante mundo de los marginados, ese grupo de personas sin cualidades útiles y productivas, indignas de pertenecer al prestigioso mundo civilizado, donde cada día será más injusto y cruel que el anterior. Pero al conservar aquello que nos apartó de los demás seres racionales podremos consolar nuestra miseria con sueños. No sería eficiente para la elevada sociedad que sus subordinados tuvieran sueños, precisamente porque esas fantasías ilusorias son impedimentos para el desempeño óptimo de sus actividades. Asimismo, no hay razones verdaderas para tenerlos. ¿Por qué una afortunada persona con un puesto laboral e incontables compromisos y necesidades pensaría, aunque fuese por un instante, en disparates irreales? ¡Incluso es absurdo mencionar semejante estupidez!
Puede que este mundo nos haya engañado. Puede que jamás nos hayan ofrecido una vida digna y disfrutable; tal vez solo mencionaron una “vida ocupada” y cómo lo material podía sustituir una sensación. Sin darnos cuenta, elegimos sacrificar el presente para asegurarnos un incierto futuro. Aun así, depende de nosotros tomar esa vacía (pero ocupada) vida o empeñarnos de manera obstinada en buscar otra, quizá una mejor. La elección nos diferencia de otras especies. Así como Prometeo decidió darle el fuego al hombre, sacrificando diariamente su cuerpo, el mismo hombre debe elegir qué hacer con ese fuego y qué sacrificar. La vida o la muerte, la comedia o la tragedia, la felicidad o la tristeza, la mayoría puede elegir. Usted elige. ¿Qué está dispuesto a sacrificar?