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El diseño importa

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Andenes y ciclovías de Bogotá son no solo escenario, sino objeto de conflicto, latente o manifiesto, entre quienes se estacionan y movilizan sobre ellos, o intentan hacerlo.

Caminando, esquivo y tropiezo a diario con evidencias que confirman cómo el diseño de estos espacios sigue priorizando a los automotores sobre caminantes, bicicletas, sillas de ruedas, coches infantiles y demás. Me refiero, primero, a la histórica irregularidad de los andenes interrumpidos por rampas de acceso a parqueaderos; segundo, al hecho de que tanto andenes como ciclorrutas se conviertan en espacios de tránsito y estacionamiento temporal de vehículos motorizados, y tercero, a las fallas en el diseño de grandes proyectos adelantados recientemente desde el sector público.

En la Avenida La Sirena, por ejemplo, se instala la ciclorruta sobre el andén, lo que obliga a ciclistas a hacer parada en las esquinas o asumir el riesgo de no hacerlo, a pesar de tener prioridad por transitar sobre la vía principal. Igualmente, y aunque sea ancho el andén, las rampas en las esquinas de su primera fase solo dan continuidad a la ciclorruta, cosa que incentiva u obliga a peatones, de acuerdo con sus condiciones físicas, a “invadirla” para cruzar la calle.

El hecho de no construir una ciclorruta aislada e ininterrumpida a nivel de la calzada vehicular y, a su vez, el no dar continuidad a los andenes a través de cruces elevados para que prime el paso peatonal sobre el vehicular es, a mi parecer, clara muestra de un diseño deficiente, si lo que se busca es fomentar un uso mayor, más adecuado y seguro de estos espacios.

Es claro que falencias similares de grandes proyectos se multiplican a lo largo de la ciudad.

Aplaudo la gestión y los avances del último año en la expansión de las ciclorrutas. Tienen toda mi atención el Plan de Desarrollo Distrital y otras normas recientes en lo que respecta a la inversión, promoción y priorización del uso de la bici. Espero que en su ejecución se tengan en cuenta las críticas de antaño al modelo clásico de las ciclorrutas entrecortadas y las recomendaciones hechas por biciusuarios sobre aquellas que han sido habilitadas desde el inicio de la pandemia.

Importante no pasar por alto un par de realidades: entre los resultados de la Encuesta de Movilidad de 2019 se informa cómo ese año se adelantaron a diario en Bogotá más viajes a pie y en bicicleta que en automóvil particular, taxi y motocicleta a la vez. Así mismo, y haciendo un cálculo con las cifras presentadas por el reporte Demographia World Urban Areas de 2020, vivimos en una ciudad compacta si se compara el tamaño de su área urbana con el de otras ciudades con igual número de habitantes: Johannesburgo, que es cuatro veces más grande, o Chicago, doce. Esto tiene que interpretarse como un llamado a potencializar la infraestructura que incentive y mejore la experiencia de caminar, andar en cicla u otros medios como scooter o patines.

A mi parecer, una política estratégica relacionada no puede limitarse a la construcción de obras nuevas, sino que debe aplicarse también a los proyectos existentes que en la actualidad generan conflicto, incomodidad, riesgo o limitaciones a peatones, personas que se movilizan en silla de ruedas, ciclistas y demás. Apuesto por un rediseño de la ciudad que multiplique, optimice y redistribuya los espacios disponibles a favor de la movilidad sostenible: senderos peatonales sobre calzadas vehiculares donde los andenes sean insuficientes o irrecuperables, ciclorrutas mejor interconectadas que reduzcan los tiempos de viaje y otras varias iniciativas. ¡Bienvenida sea la creatividad!

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