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En este momento, que es mío, puedo pensar en tantas cuestiones como posibilidades infinitas. Me acompañan los interloquios inconscientes de mi esposo, la respiración profunda de mi hija y el ir y venir del ventilador. Mi mundo, mi espacio, en medio de mi todo. Tengo estas ganas de escribir sobre la vida del hombre cuando los ápices de Apolo se han ido entre mis dedos, dedos que sólo redactan el diálogo que existe entre mi mundo y el mundo. ¿Por cuántos pesares debe pasar un individuo para deleitarse con ese momento tan finito de dicha, de regocijo en el corazón, de eso a lo que llamamos felicidad? Esa búsqueda continua de satisfacer deseos y necesidades es nuestro propio camino, ¿pero y si no tuviéramos nada que satisfacer?, ¿si no tuviéramos ninguna necesidad fisiológica, psicológica, emocional, social?, ¿si no tuviéramos nada que nos atara ni a este ni al otro mundo?, ¿qué vendríamos siendo? La obscuridad se mete por los resquicios de mis memorias, tan solo un lugar. Nada y todo. No Dios, sólo nada y todo dentro de nuestra propia insignificancia y proporción. Un punto lejano en el espacio, pero a fin de cuentas un punto con una masa ocupando un lugar.
Descanso de esta existencia a la que me han y me he ligado, solo para buscarme, para encontrarme en cada cuerda, en cada posibilidad, en cada paralelismo, e increíblemente me voy encontrando, recogiendo los pedazos de este ser fragmentado en roles, deseos y necesidades. No siempre se quieren unir las fichas, pero siempre se quiere tener la seguridad de poder unirlas porque de allí nace la verdadera libertad. Esa que está en aquellos que deciden, en aquellos que se arriesgan frente a la incertidumbre del otro. Nada más que decisiones que cruzan caminos e historias y nutren esto que nos rodea, una realidad tan vasta y diversa, tan compleja como y más que el mismo hombre y que no se detiene, sino que evoluciona y se transforma.
Amanece y huele a cotidianidad. Es un día igual que el anterior, con pequeños cambios, aventuras mínimas y poca adrenalina. La ropa limpia cuelga de las cuerdas y el viento la mece cual campánulas. Es fantástico lo mucho que se puede observar al estar en un parque rodeado mayormente de niños. Las motivaciones infantiles, dependiendo de la crianza y la edad, se tiñen de esas manías adultas y, sin darnos cuenta, encontramos al pequeño tirano, a la niña que llora porque no la dejan jugar, está el solitario o simplemente la que de tanto insistir encuentra con quién jugar. Entonces, al verlos me miro a mí misma, miro a mi hija e intento conectar cada cabo, cada momento que me ha anclado a esta realidad. Pero, más que entender, lo que busco es comprender. Asimilar el resultado de mis decisiones y encontrar el epítome de mis deseos y necesidades. El crujir del hielo mientras gira me saca de ese trance individual. Mi niña sonríe, juega, discute, protesta, se cae y se pone de pie. Esas son mis tardes en la Ciudad de los Parques. Tomo su mano y la escucho cantar de camino a la casa. Es una especie de mezcla entre las canciones infantiles que le suelo cantar y las demás canciones que escucha en internet. El gorjeo de los pericos se mezcla con las notas de mi hija y el bullicio de la ciudad. Todo ello se suma a mi día a día. Es una vida tranquila con sus vaivenes, pero es también una trampa de la cual no he podido salir. ¿Habrá algo más afuera de la caja?