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Lo más difícil es encontrarse ante una hoja en blanco, tabula rasa, el hoy. Ese preciso instante que olvidamos y pasamos por alto debido a que una cumbre de pensamientos abarca nuestra mente. Las deudas, el trabajo, las deudas, los niños, las deudas, mi relación, las deudas, el S&P 500, las deudas, debo ser fiel, las deudas, la hipoteca, las deudas, la redundancia. Vivimos y olvidamos por qué. ¡Todas las criaturas son libres!, afirmaba un profesor en la facultad de Derecho donde estudié. Sin embargo, salía de su clase y esperaba con ansias la tarde para embarcarme en un abismo de vicios y estúpida bohemia.
Nos reuníamos unos pocos que andábamos igual, aburridos y hastiados del mundo. Hablábamos de cosas intrascendentes. El lenguaje es la primera jaula del ser humano, recuerdo que decía uno, después de una botella de whiskey barato y algunas aspiraciones bastante sutiles. La normalidad, aquel Leviatán que nos mantiene dentro de una regulación constante, era nuestro peor enemigo. ¡Si pudiera tener aunque sea palabras para expresarle al lector cuán necio fui! Otra columna de pronto bastaría. Recuerdo a mis demás compañeros preocupados por la nota del final de semestre y una de las reglas pronunciadas por Bill Gates para la vida, que un profesor de Derecho Administrativo había traído en su última clase: “Sé amable con los nerds, probablemente termines trabajando para uno de ellos”. Bah, ¿a quién le importa?
Quien se apodere de este mensaje fragmentado en varias temporalidades, pero a la vez tratando de ser uno, tendrá la impresión de que el escritor sufre bipolaridad, esquizofrenia y una reprimida espontaneidad. Desde luego, no tuve malas notas durante mis estudios de pregrado, pude haber sido un buen estudiante. Era de aquellos con los que solo querrías mantener una conversación esporádica para confirmar tu nivel de superioridad y saciarte con tus grandes logros. Por cierto, también padezco una enorme humildad.
Entre el humo de marihuana y tabaco, el olor a alcohol y carcajadas sin sentido, discutíamos sobre esa inventada construcción social, autopoética, construida a partir de sí misma, como un cáncer en el organismo o la corrupción en la política. Al son de “El pobre” (Bajo Tierra), discutíamos acerca de cosas tan banales que ni siquiera puedo mencionar porque no las recuerdo. Sí, así de inútil soy.
Llegaba a casa, probablemente con una cuenta vaciada, lleno de experiencias que enaltecían mi ego y derrotaban aquella impopularidad de mis primeros años en la universidad. ¡Ay de mí! ¡No sabemos el verdadero valor de la soledad! Mi madre, con las ojeras ya formadas de tanto llorar y velar, y mi hermana, como el soporte de la familia entera, me miraban ya como aquellas personas que levantan banderas blancas en un espectáculo de toros.
Seamos sinceros. Buenos no hemos sido, malos tampoco; dejadles eso a los tibios. Aquellos que se embeben entre amistades ubicuas y vínculos sin fundamento, victimizándose, visitando soberbios palacios de ciudadanos poderosos. Desesperado, me refugié en la lectura, en esa cárcel del lenguaje. Hallo en la paradoja y la ironía el sentido de la existencia. Vi sombras incalculables.
Entendí que lo profundo del ser humano se encuentra más allá de lo visible. En el interior logramos encontrar la libertad y comprender que nuestros apetitos irascibles deben suprimirse cortando su raíz, nuestros pensamientos, y sembrando una buena semilla, nuestra conciencia. Allí donde hay deudas, preocupación, deudas, aprendizaje, deudas, esfuerzo, deudas, cansancio, deudas, sonrisas, deudas, amor. Sí, prefiero andar con corbata. Nos vemos en mi otra columna. Es hoy y mi deber es, paso a paso, pintar en este lienzo un pequeño gesto de amabilidad.