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Nuestro conflicto y nuestras víctimas

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El presidente Gustavo Petro planteó, controversialmente, que para poder indemnizar a las víctimas del conflicto armado se necesitan $301 billones y que al paso del presupuesto asignado por la nación tomaría aproximadamente 125 años poder indemnizarlas a todas por los daños y perjuicios que nos ha dejado nuestra guerra. La cifra de víctimas, por cierto y lastimosamente, como una canción trágica que se repite, continúa creciendo, porque el conflicto, aunque transformado con otros actores, por otros motivos y por otras razones, sigue existiendo en nuestro país, esperando quizás a que la paz un día lo desplace.

Tal declaración, tan única en su género para cualquier mandatario anterior, puede verse de dos maneras. Por un lado, podemos pensar que el presidente es cínico, haciendo un análisis tan contundente frente a un tema tan delicado como son las víctimas, a la vez que propone la emisión de bonos por parte del Banco de la República como solución a tal espera, que tanto recuerda a la espera del coronel que cada domingo sin falta aguardaba por la carta de una pensión que nunca llegó, lo cual genera un debate en sí mismo de si es pertinente o no llevar a cabo tales acciones para así saldar la impagable deuda de nuestros muertos que nunca volverán, como esa carta. Lo que me lleva al otro lado: qué guerra hemos tenido.

No lo pregunto, lo afirmo. Siento esas palabras como un lamento porque vemos lo que nos ha dejado: una deuda impagable no solo para el Estado sino para nosotros mismos como sociedad. ¿Cómo podemos pagar esta deuda? ¿Cuánto tiempo más tienen que esperar para que se les pague, aunque sea poco, aunque sea algo, por tanto sufrimiento a cuenta de nada? El presidente, por polémico que sea, estando fuera de los bandos que brindan o no apoyo a sus reformas y su apuesta por la paz total (con todas las controversias que eso significa), es honesto al decir esas palabras, por duras, crudas y hasta crueles que parezcan: esta deuda es impagable. Qué conflicto tan brutal hemos tenido y seguimos teniendo, como para que nuestro presidente presente tal dilema en una balanza que por tanto tiempo fue ignorada, dejada atrás, en el rincón del problema que fue creciendo sin que nadie lo quisiera mirar, hasta que se hizo inmenso como la muerte roja, con su mirada fija sobre nuestra memoria para nunca volverla a soltar. Lo que pasó nunca se podrá olvidar, pues el olvido lleva a la repetición, repetición que con todo el corazón, y creo hablar por muchos, no queremos volver a ver en nuestro país, donde esa deuda pareciera hacerse más y más grande.

¿Pero, entonces, qué queda después? ¿Cómo arreglamos este chicharrón? Pretender saberlo es osado, pues a los vaivenes del tiempo es imposible aferrarse, más cuando otros quieren tomar esos mismos timones y más si se juega en el campo de Colombia, donde no sabemos qué esperar entre lo real, lo mágico, lo trágico y lo imposible, y más si estamos hablando de la paz. ¡La paz! Una lucha más larga de lo que sus palabras nos dicen, donde solo queda decir, citando esa famosa frase sobre quienes somos: un acto de fe.

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