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Pensar y juzgar la política

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Como hoy poco se piensa, poco es tomado por su peso o proporción. No se sabe insultar, condenar ni juzgar, porque estas tres actividades humanas requieren nuestra capacidad para deliberar y luego decidir; requieren criterios que valgan y puedan orientarnos en la búsqueda de lo bueno y lo malo. Con todo confundido, arriba es abajo, derecha es izquierda y feo es bello; y pobreza, riqueza, y miseria, desarrollo.

Tal es el estado mental popular —es decir extendido, no pobre (aunque también)— desde el cual se lanzan afirmaciones sobre la vida y la política. En el mundo, claro, pero dónde más, dónde más floja y pequeñamente que en Colombia.

Quién sabe si alguna vez alguien aquí ha podido llegar a pensar. Tal vez sobre la vida sí, pero sobre la política no. Para eso serían precisas todas las condiciones que aquí no son, no han podido ser ni podrán ser nunca. Porque no he conocido a ningún nacido colombiano de padres colombianos inteligentes y además bondadosos que sea también inteligente y bondadoso, tenga profesores inteligentes o bondadosos, y lo mismo sus compañeros, vecinos, jefes, alumnos, hijos y dirigentes. Porque tampoco he conocido a alguno que haya podido comer y estudiar y vivir bien y no haber tenido que irse para hacerlo.

Y he que aquí nos encontramos. No se sabe insultar, porque se cree que régimen significa dictadura y que populismo es igual a malo. Mentiras, qué se va a creer, se alcanza como a imaginar eso a partir de lo que otro —que tampoco sabe pero que menos sabe que no sabe— dice en una “entrevista” en un “periódico” o en un “medio de comunicación”.

Y he que aquí nos encontramos diciendo, en un ejercicio de pequeñez mental y moral semejante al de arriba, que no se debe odiar porque “es malo”. ¿Entonces el cuerpo no debería vomitar el veneno? ¿Y si nos fueran a devorar, tendríamos que permitirlo? Ahí no hay condicional, porque no es ningún fueran ni tendríamos, es “cuando nos devoren, nos dejamos”. Es justo y necesario.

En cambio reconocer, señalar, decir, gritar, acusar, rabiar, crujir, golpear, gruñir o llorar no, nada. Injusto y prescindible.

Eso sí: negar, esconder, callar, engañar, amarrar, matar, enterrar y sonreír. Esos son los mandamientos de nuestra sagrada constitución que no está escrita pero sí embebida en las mentes envilecidas y responsables, irresponsables, de Colombia, tierra querida, dirían ustedes.

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