Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El himno de Bogotá refleja su añoranza de una imagen ante el mundo: “Al gran Caldas que escruta los astros / y a Bolívar que torna a nacer / a Nariño accionando la imprenta / como en sueños los vuelves a ver”. Por allá a finales del siglo XIX, Pierre d’Espagnat y Miguel Cané, desde Francia y Argentina, apelaban por reconocer a nuestra ciudad como la “Atenas de Suramérica”. Una Bogotá que, como los griegos, orientaba su paideia (proceso educativo controlado por el Estado) a la formación integral de sus ciudadanos con valores éticos y morales y conocimientos acordes a las necesidades y realidades de país. Con el pasar de los tiempos perdió su horizonte en la práctica cívica y pedagógica para el cultivo del pensamiento racional de sus ciudadanos.
Vivimos en una época en que los comportamientos inadecuados ponen en riesgo la convivencia y la identidad ciudadana que se diluyen entre los poderes oscuros de la corrupción, la violencia, el microtráfico, la prostitución de niños, la trata de personas, el desplazamiento forzado, el hambre, la inseguridad, la discriminación, la pobreza, la desigualdad, reviviendo de una u otra manera y en su contexto una de las razones por las cuales cayeron los imperios griego y romano: la debilidad de sus gobernantes en hacer frente a las amenazas sociales, imperando el desgobierno.
Bogotá se enfrenta a un proceso electoral para ocupar el segundo puesto más importante del país y a las promesas de los candidatos en temas de seguridad, movilidad, construcción del metro, lucha contra la pobreza, medio ambiente, innovación y educación, entre otros. En sus planes de gobierno se relacionan un sinnúmero de acciones, pero en ninguno de los casos hay una verdadera propuesta que integre la educación como el eje de desarrollo de la ciudad. Me refiero a una propuesta de modelo pedagógico y metodológico que permee estas acciones y permita la construcción de lo que alguna vez se denominó como “cultura ciudadana”. La educación debe ser por excelencia el mecanismo de sensibilización y creación de conciencia ciudadana.
En temas de seguridad, por ejemplo, no se puede pensar que se combate el robo ampliando el pie de fuerza e instalando cámaras de última tecnología; el problema de seguridad se supera cuando el resultado del proceso educativo hace comprender que mientras exista la cultura de quien compre lo robado, siempre habrá quien robe.
La movilidad se soluciona al respetar las normas de tránsito y con la conciencia de que el vehículo no es un arma de intimidación o de fuerza, que las motocicletas son fuente de empleo, pero no la permisividad de un desplazamiento desordenado y alocado, y que las bicirrutas están dadas en garantía al derecho a la vida.
Frente a la educación, per se, el bilingüismo puede ser una necesidad de ciudad; sin embargo, no se puede pretender la enseñanza de un segundo idioma mientras no se superen problemas estructurales como la lectoescritura; si un estudiante no comprende lo que lee en español, mucho menos en otro idioma. Igualmente, se plantean incentivos a colegios, docentes y estudiantes en garantía de una supuesta calidad que no puede ser garante si no se resuelve la pregunta de cuál es el propósito de formación y si la política pública de educación distrital no recoge las realidades y necesidades del proyecto educativo de ciudad con objetivos orientados a resolver los problemas culturales.
Ojalá el próximo alcalde sea el Pericles que la “Atenas de Suramérica” necesita y permita en su gestión rodearse de quienes le ayuden a repensar con conocimiento y experiencia la ciudad que soñamos. ¡Una ciudad educada!