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Circula en la red un video realizado por Jordi Fernández. En el corto, un joven español nacido en 1982 cuenta qué significa formar parte de la generación perdida.
“Este es el hombre que me prometieron que sería”, nos dice, a la vista de un personaje que parece salido de la serie de televisión Mad Men: buen padre, dos hijos, esposa, casa propia, dos autos. Para obtener todo ello, se le dijo, bastaba estudiar o trabajar duro. Esta sería, se les argumentó, la generación invencible. Todo ello, nos dice él, era una mentira, una mierda.
El clip está asociado con un documental más largo con historias similares de jóvenes miembros de la primera generación española nacida en democracia. Tamara, trabajadora social y madre de un niño pequeño, quien no encuentra trabajo desde hace meses. Se le revuelven a uno las entrañas al escucharla decir: “Ha sido muy bello ser madre, pero albergo miedos que antes no tenía. Tenía poca conciencia del mundo y verlo ahora todo tan claro me aterra. Estoy cansada”. David, de familia obrera, soñaba estudiar filosofía, pero prefirió la “seguridad” del negocio de la construcción. Lleva desempleado dos años y es el rostro real del espejismo inmobiliario.
Cuando la burbuja estalló, estallaron también sus sueños. Esta es la realidad del llamado “sueño europeo”. Es aterradora, y me aterra también lo poco y lo mal que se la reporta en la prensa colombiana. Como si existiese un esfuerzo por mantenerla en la sombra, de manera que los colombianos que todavía identifican el progreso con parecerse a otros antes que a nosotros, y saludaron la visita de Rajoy como un signo de prosperidad, no se vean obligados a abandonar la caverna en la cual son prisioneros.
Así como la política les ha fallado a los jóvenes españoles, les fallamos a los nuestros al no usar la televisión y la prensa para levantar ese velo. Le he propuesto a Hollman Morris que lo hagamos junto a las nuevas generaciones. Al asociarse con los conciertos de Chao y Mc Cartney, y pagar el costo de permitir acceso a la cultura para todos, y no sólo a quienes pueden adquirir la boleta, ha demostrado tener agallas, inteligencia y emprendimiento suficientes para arriesgarse a hacer lo que a los “grandes” ni siquiera se les ocurre.
Que ello disguste a un procurador anclado en la Inquisición no me sorprende. Me sorprende sí que sus colegas de oficio no lo defiendan, pues ellos saben cuán importante es para un país adquirir madurez de conciencia y opinión. Sin ella los poderosos ensordecen, como pasa en España. La gobiernan unos mentirosos, su realidad es de pesadilla. Encima la niegan y no escuchan a sus jóvenes. Debemos hablar ahora.
Óscar Guardiola-Rivera