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ME TEMO QUE CON LA VOTACIÓN DEL domingo hemos dado un paso largo hacia la reelección de un sistema de cosas.
Primero, la reelección de una abstención que ha mantenido a más de la mitad de los votantes al margen de las decisiones del país. Pero también la reelección de un perfeccionado método que durante ocho años premió los resultados por encima de las normas o los procesos. La reelección de unos duchos políticos que saben manejar la cosa pública y que a la hora de esta elección se cubrieron bajo el ala de la gallinita que iba a cuidar los huevitos que había dejado puestos el presidente Uribe. Una imagen bastante fiel de cómo empollan sus propios intereses.
Ante la desbandada de apoyos que se han ido hacia el candidato que promete la continuidad, la pregunta es dónde ha quedado la inconformidad que logró expresarse en la campaña presidencial y que encarnaron el Partido Verde, el Polo Democrático, el Partido Liberal y Cambio Radical. Dónde quedaron los votantes que piden que haya por fin una persecución a la corrupción que había sido prometida desde el primer gobierno de Uribe y que fue transmutándose en una connivencia que proliferó con la idea del atajo y del ilícito como modo de conducta admitido socialmente.
Los 3.120.000 de votantes de Antanas Mockus y el 1.400.000 de Vargas Lleras y el 1.300.000 del Polo y una mayoría de los 600.000 votos del liberalismo se pueden entender como quienes no están representados por lo que ha ido adquiriendo en Colombia la fisonomía de enquistamiento en el poder. Pero me temo que este poder, que lleva ocho años y parece cercano a reelegirse, va a entrar a saco a reclamar sus apoyos y sus cuotas. Vienen de sectores desde los ilegales más frontales hasta los taimados e intentarán hacer sus rebatiñas en las narices de todos los colombianos que acusamos todavía una inmadurez cuando se trata de sostenernos en una idea y de marcar distancias con el facilismo de los aparentes resultados.
Lo primero que habría que asegurar es que la segunda vuelta pueda derrotar el espectro de la mitad más uno de la abstención. Temible resultado para un país que ha cedido tanto espacio a las armas y al miedo, y es una constante de indiferencia que hay que conjurar. Movilizar la conciencia más que falsas promesas exige claridad y contundencia en los mensajes.
Y para la segunda vuelta tratar de evitar la interferencia de quien fue una soterrada voz de la conciencia hablando desde la esfera nebulosa del poder y diciendo que podíamos perder… ¿Qué es lo que se podía perder? El cerrado círculo de ungidos que ha mantenido en sus manos la seguridad democrática, la confianza inversionista, Familias en Acción y otras consignas que han taladrado adentro de los temerosos colombianos que ven su difícil día a día y buscan la primera tabla de salvación que les ofrezcan. Ojalá guarden silencio los que ya usaron sus dos cuatrienios de poder y permitan por esta vez que se tomen decisiones no inducidas por votantes conscientes de lo que hacen.
Y después del resultado del 20 de junio, independientemente de cuál sea, queda pendiente la tarea de pedagogía política, de participación ciudadana, de debates públicos y de oposición representativa con la que Colombia pueda superar un infantilismo nacido del Frente Nacional y otras medidas de urgencia para salvaguardar “la institucionalidad”, que han impedido visualizar cambios, hacer autocríticas y evitar que haya esa clase política enquistada que se aferra como adicta a los recursos públicos.