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No bastó un número entero de la Revista Semana para condensar las críticas contra la otrora mártir nacional. Destacadas personalidades, de la talla de Poncho Rentería y José Obdulio Gaviria, tuvieron que salir en defensa de las arcas del Estado. Hubo ataques en prensa, radio y televisión. Nadie le fue indiferente a la polémica. Y en medio, entre el grito de los unos y la indignación de los otros, pudo verse el machismo del que está hecha nuestra sociedad.
Las primeras noticias estuvieron acompañadas por declaraciones del ex esposo, quien atizó las llamas de la indignación popular con lastimeras afirmaciones del tipo “Íngrid fue muy fría conmigo”, “Íngrid me hizo daño”, “Íngrid no es ética”.
Por un lado, ya es difícil seguir escuchando las patéticas quejas del señor Lecompte, quien debería seguir el ejemplo de millones de mujeres abandonadas por sus consortes: mostrar compostura, buscar trabajo y guardar silencio. Por el otro, no es claro qué tiene que ver que Betancur sea “mala mujer” con sus problemas con el Estado.
La cosa no paró ahí. Tuvimos que soportar a “Lecompte en Jet Set”, “Lecompte en la W Radio”, “Lecompte con Tola y Maruja”. Días después, el ex rehén de las Farc, Keith Stansell, hizo sus propias descalificaciones sobre la vida privada de Betancourt y declaró que ésta mantiene una relación sentimental con Marc Goncalves, de quien, además, “se enamoró en la selva”.
En adelante, cada vez que fue tema la demanda al Estado, se le recordó al público cómo Ingrid trató mal al esposo y se ennovió de un joven americano. “Además es una facilonga”, parecían denunciar al unísono los medios.
Ya quisiéramos que por cada noticia sobre pillos y políticos que sí desfalcan cotidianamente al Estado y defraudan a la población, nos hicieran un resumen de sus líos de faldas o sus maneras de tratar a sus esposas. ¿Con quién se acuestan? ¿Serán fríos? ¿Serán “buenos hombres"?