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La creación de un sindicato de actores es un proyecto que me emociona y entusiasma; es mi principal actividad y he sentido cierta ausencia respecto a este tema a lo largo de mi carrera.
En Latinoamérica, España, Francia, Inglaterra y, sobre todo, en Estados Unidos, la industria cinematográfica, el vídeo y los espectáculos tienen fuertes organizaciones gremiales que rigen las relaciones laborales, de contratación de artistas y de todos los profesionales involucrados en estos medios. A veces resulta exagerado: en Broadway, por ejemplo, mover una silla está a cargo del sindicato de escenógrafos; el daño que generan dichos sindicatos se ha evidenciado numerosas veces allí y los proyectos quiebran por tales abusos. Sin embargo, y haciendo de lado casos como el mencionado, estoy convencido de los beneficios que dicha organización puede tener para la industria audiovisual y escénica de nuestro país.
Lo que ocurre es que esa tensión entre el contratante y el contratado adquiere una dimensión especial y sutil cuando el contrato es para producir un proyecto creativo que involucra talento, imaginación y situaciones intangibles como hacer reír, generar emoción y atraer audiencia. ACÁ, el sindicato recién creado de actores colombianos, no es ajeno a esa disyuntiva. Su lema lo dice todo: “somos actores, somos trabajadores, y somos creadores”. Los principales requerimientos de los actores son básicos y de corte laboral: pagos y horarios justos, un buen trato y un estatuto coherente y digno.
A esas demandas colectivas se le suma que se quiere tener el derecho a beneficiarse de la creación y en consecuencia se piden regalías y primas de éxito; se defiende con el argumento válido de que hay un talento y una creatividad en el trabajo de los actores y que se necesitan unas mínimas condiciones para hacerlo bien. Con fines de equilibrar la balanza, el reclamo en el lenguaje laboral se suaviza y se utilizan expresiones como “productividad” y “calidad”: nadie quiere ser una amenaza para la industria que le da trabajo.
Pero a pesar de la buena voluntad, no resultaría extraño que quienes responden por el buen desempeño de las empresas y las productoras —gerentes, directores comerciales y productores— tengan reticencias y prevenciones; y el asunto va más allá del temor al sindicato o al saboteo, ya que los artistas ofrecen pocas respuestas cuando se trata del PyG, o de la cifra de negocios y ahorros, y muchas veces se dificulta hablar en términos de costos racionales. No les corresponde, por un lado; y por el otro, va en contra de sus intereses.
Aquí es donde la investigación en administración de arte y cultura, específicamente la gestión cultural, es útil; hay muchas reflexiones y hallazgos que pueden contribuir a solucionar diferencias y alinear objetivos entre esos dos intereses: el de la productividad y el de la creación.
Respecto de lo anterior mencionaría algunos ejemplos que ayudan a realizar propuestas en pro de una industria nacional: hay un grupo de investigadores enfocado en la principal característica de los trabajos artísticos y tratan de articular esa lógica con los problemas típicos de gestión: el arte y la cultura se ocupan de lo sublime; ese sólo principio que incluye valores religiosos, humanos, emocionales, ideológicos es objeto de diseño y de reinvención permanente, está presente constantemente en lo que hace un artista, pero los aportes de la gestión del arte empiezan a sistematizar y hacer más eficiente su acopio, disminuyendo la probabilidad de tener un proyecto soso y de poco interés para el público. Un ejemplo de esto es lo que pasó en la última entrega de los Óscar con el premio a 12 años de esclavitud (2013), ya que esta película alude a la realidad del mundo anglosajón, de sus tensiones y dilemas; basta con ver lo que está pasando actualmente en Misuri. Otro ejemplo de las dimensiones de lo sublime es el de la olvidada discusión de que Los tres Caínes celebraba la barbarie de los Castaño; sin el ánimo de tomar partido, es la discusión sobre el valor de la institucionalidad en un proyecto democrático, que debería haber trascendido ya que la esencia de la narconovela y su éxito está en que es un espejo para mirar nuestra realidad y nuestra conciencia colectiva.
Otras investigaciones se enfocan más en lo pragmático: Arthur De Vany, un economista que estudia la industria del entretenimiento, dice que está regida por la extrema incertidumbre y que para matizar el alto riesgo económico —invertir millones de dólares en algo de lo que no se conoce el resultado—, los productores y los creadores se aferran a fórmulas de éxito: a los artistas taquilleros, a los temas de moda, a los infaltables de siempre… Una buena gestión permitiría definir, más allá de los ‘focus groups‘ y de los inspirados libretistas, nuevos métodos que ayuden a negociar entre los riesgos y las innovaciones, entre los prototipos y los programas ya probados. Considero que los creadores tienen un espacio importante para realizar propuestas relacionadas con el diseño y la concepción del producto.
El pensador que más me ha cautivado, porque concilia mis experiencias personales de críptico post-vanguardista con las de la televisión masiva, es David Hutter, quien encuentra que la creatividad y su explotación económica tiene un flujo lógico que va de la innovación al consumo masivo; primero hay unos creadores únicos, excepcionales y casi que incomprensibles: Picasso, o Grifith y Eisenstein en la edición cinematográfica. Después, sus capacidades son utilizadas por artistas que trabajan para proyectos de consumo masivo: actualmente podemos ver el cubismo en dibujos animados de Cartoon Network y los principios de edición de esos grandes maestros son básicos en las telenovelas y las películas taquilleras. La innovación es indispensable en los proyectos comerciales.
Por otro lado, entender que determinadas actividades, como hacer teatro o disponer de un tiempo para pensar y preparar un papel, o repetir y ensayar, incluso tener tiempo libre para alimentar el espíritu, pueden aportar de manera significativa al proyecto comercial es importante. El modelo idóneo, el que cuesta adoptar cuando se tiene una mirada parcial, sea esta idealista o pragmática, sería aquel que de manera sistemática reconociera y probara esas ventajas competitivas de innovación, de rigor y de condiciones mínimas, para que el resultado de la creación inspirada se convierta en un activo identificable y esas destrezas aporten a la seguridad económica del proyecto. Al tiempo que, en tanto que usa la disciplina como punto de partida, le apunta con la firmeza y el temple de un tirador de arco Zen al éxito taquillero y trascendental que todos estamos buscando.
*Juan Ángel
* Productor y director cultural, actor.