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Para que todo siga lo mismo

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Inaugurar instituciones que se reclamen como democráticas requiere probar su idoneidad al menos por un breve período durante el cual los ciudadanos deben tener la oportunidad de comparar diferentes formas de gobernar dentro de un mismo marco; si alguien se obstina en permanecer en el poder, puede estar cerrando el paso al buen desarrollo de ese proceso y conducir a la obstrucción del sistema, con el riesgo de que se identifique con el estilo de una persona.

Los esquemas de gobierno no son solamente buenos en cuanto obedezcan a principios abstractamente válidos, sino que deben ser adecuados a la índole, la cultura y los intereses verdaderamente mayoritarios de una u otra sociedad. Esto implica que  solamente con el curso de los años, y después de haber comparado diversas formas de actuar, se viene a saber si el modelo es adecuado.

Unos más convencidos que otros, los rusos decidieron continuar con el mismo jefe, aunque muchos tuvieron el valor de manifestarse en contra de la idea de que Vladimir Putin es el único, entre millones, que sabe cómo gobernar. El mensaje de victoria del nuevo presidente ruso, que se anticipó a celebrar su triunfo mucho antes de que el escrutinio diera para ello, ayudó a producir un clima de duda sobre la limpieza en el desarrollo de los comicios en algunos lugares del país. Y el hecho de que hubiera hecho referencia expresa a la limpieza de su triunfo alimentó de una vez las primeras controversias sobre su nuevo mandato.

El hecho de que el ganador lleve en el poder efectivamente doce años, ocho en calidad de presidente y cuatro como todopoderoso Primer Ministro, ya había introducido en el ambiente político elementos de duda sobre el verdadero avance de Rusia hacia un sistema democrático y muchos temores sobre la forma en la que un país sin experiencia en la materia podría quedar marcado una vez más por los personalismos populistas y por la enajenación , esta vez por elección, de un mismo grupo de mando que no tendría mayores diferencias con los que en otras épocas, y bajo el  modelo anterior, manejaron el país.

La incipiente oposición ha dado quejas de haber sido duramente golpeada a lo largo de la campaña. Dicha oposición, muy necesaria si Rusia quiere consolidar una democracia respetable, seguramente no se limitará a cuestionar el triunfo del carismático líder sino que avanzará en una tarea política quijotesca que en realidad no es una lucha contra Putin, sino contra la inercia de décadas enteras de ejercicio autoritario del poder y decisiones cocinadas cuidadosamente en el Kremlin, adobadas luego con elementos propagandísticos de eficiencia comprobada y que los rusos del común pueden identificar como la forma más natural de actuar.

Lo curioso es que la victoria de Putin no ha sido una sorpresa para nadie, ya que la fórmula de volver a la presidencia con el control del aparato estatal y con la ayuda incondicional del hasta ahora presidente,  Dimitri Medvedev, mal habría podido en esta época terminar en un resultado diferente. Por lo tanto, lo que hay que mirar no es solamente cómo se repiten los esquemas de orientación de los votantes que trabajan con el Estado o en las grandes empresas afectas al régimen, sino más bien la calidad y pertinencia de la tarea que hacen quienes abogan por el avance en prácticas democráticas desprovistas de ventajas alarmantes para uno de los concursantes y caracterizadas más bien por una amplitud en la discusión y una respetable neutralidad desde el gobierno de turno, sea el que sea.

Nada hace pensar que el espectro de la vida política de Rusia vaya a cambiar. Las cosas seguirán lo mismo. No hay nada nuevo en realidad en unas propuestas que, naturalmente, convergen en el propósito de que todo siga como va. Pero si eso resulta preocupante, lo es más el saber que un solo grupo, sin fisuras, a la manera de la época comunista, ha sabido manejar adecuadamente las claves para controlar el poder. Lo que implica que no tendría nada de raro que la secuencia siga, subrayada por la existencia de un padre de la nación, que como tantos otros en otras latitudes cree saber de todo y sobre todo ser depositarios de la mejor inteligencia de los problemas del país y de las decisiones por tomar. Lo que paradójicamente dará mucha envidia a otros cuantos políticos de la misma raza, que consideran que la democracia solo es buena cuando la pueden manipular a su favor.

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