Hojas sueltas

Pensamientos encuarentenados

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La pandemia del coronavirus, que parece salida de una novela de ciencia ficción, le pegó al corazón del sistema. Sólo podía ocurrir que una invasión extraterrestre, una guerra nuclear o un nuevo big bang lograra que la humanidad hiciera una profunda reflexión sobre el atroz modo en el que vivimos. De un momento a otro todo quedó detenido en el tiempo. No hubo trabajo, ni centros educativos, ni empresas produciendo al 100 %. Parqueados los carros, los barcos, los aviones, instrumentos para acortar distancias y ganar tiempo. Tiempo de producir y consumir, el alimento de una máquina frenética que es conducida con tres palancas: el sistema financiero, la bolsa y la geopolítica.

Un despiporre que pone a tambalear el sistema y deja al descubierto las desigualdades sociales. De un lado, relativizó los valores que parecían inmodificables. Hoy “vale” más un campesino que un banquero. Pero la nueva normalidad también dejó al desnudo las terribles inequidades e injusticias con las que convivimos. Para los rebuscadores de todos los estratos han sido tiempos de angustia. Desde los trabajadores independientes hasta los recicladores.

Pienso en la viejita que vende dulces y cigarrillos en la calle séptima con carrera cuarta, a una cuadra de la Casa de Nariño, esa que se enfada cuando uno le paga con monedas de 50 pesos. ¿Y los lustradores?, ¿cómo estarán las neveras de quienes ejercían ese noble oficio que ya estaba en vía de extinción?; pienso en Jairo, ese hombre silencioso y discreto que vive de cepillarles los zapatos a los congresistas que hoy “trabajan” desde su casa en pijama.

¿A qué se estarán dedicando los amigos de lo ajeno?, los cosquilleros, por ejemplo, cuyo negocio es el gentío que se desplaza en Transmilenio. Por ese camino no puedo evitar preguntarme en cuánto se habrá disminuido el flujo de caja de los policías acostumbrados a la vida de piratas, en la que triplicaban sus salarios a punta de perseguir marihuaneros, extorsionar transeúntes, cobrar vacunas a negocios lícitos e ilícitos.

Y es que, definitivamente, esta pandemia desnudó las tareas pendientes que tenemos como sociedad. Un sistema de salud frágil, que se han robado por décadas entre políticos y operarios de las EPS, ARL y el largo etcétera de “siglavivientes”. Una informalidad laboral que amenaza con estallar en asonadas porque la mayoría de los colombianos están pasando hambre por estos días. Una economía enclavada en el petróleo que hoy cuesta más sacar que lo que pagan por él. Y un sector financiero usurero, que no está dispuesto a dejar los $21,5 billones que se echaron al bolsillo el año pasado a costa de la pobreza del pueblo.

Eso, por mencionar las grandes tareas pendientes; pero también se ve en las cotidianas, en las de la clase media-alta, por ejemplo, que por años ha subcontratado las funciones esenciales, en algunos casos con un clasismo medieval indignante, como en el caso de Edy Fonseca, la celadora secuestrada en el edificio del barrio El Retiro. De repente nos dimos cuenta de que habíamos delegado en otras personas, principalmente mujeres, las labores de cuidado. Nos acostumbramos a delegar en alguien la lavada de la ropa y la tendida de la cama. Entregamos a otras la educación de nuestros hijos. Los mandamos en la ruta a las 6 de la mañana y los recibimos rendidos a las 5 de la tarde. Y en esas horas, alguien les enseñó a hablar, a leer, a escribir, a dibujar. En estos días de cuarentena no damos abasto entre las tareas de oficina, la lucha contra el trapero y el cibercolegio de los niños. Hemos descubierto rincones a los que nunca habíamos ido y lo duros que son el trabajo doméstico y la enseñanza. Hasta hemos descubierto, con sorpresa, lo mal que nos lavábamos las manos. Problemas de “blanquitos”, mientras la guerra sigue en las regiones y ya asesinaron en esta cuarentena a 31 líderes sociales y 12 excombatientes de las Farc.

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