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Personalidad en los vinos

Hugo Sabogal
30 de octubre de 2010 – 10:00 p. m.

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¿Puede una persona develar parte de su fuero interior tomando como punto de partida el vino de su preferencia?

Hace algún tiempo, alguien se mofaba del símil utilizado por algunos enófilos para describir un vino alrededor de su carácter y personalidad. ¿Puede un simple jugo fermentado de uva adquirir rasgos similares a los de una persona?  Aunque parezca estrambótico, la respuesta a ambas preguntas es afirmativa. Y lo es porque quienes buscan en el vino algo más que un simple placer momentáneo se ven forzados a encontrar definiciones que les permitan comunicar a los demás lo que captan sus sentidos. Ese conjunto de expresiones recibe el nombre descriptor organoléptico. Su objetivo es ayudarnos a poner palabras a esas percepciones de nuestros órganos olfativos y gustativos para referirnos al arsenal de aromas y sabores presentes en una simple copa de vino.

Los aromas frutados, por ejemplo, se descomponen en varias tipos, dependiendo de si estamos frente a un vino blanco o tinto, joven o añejo, seco o dulce. Y ahí es cuando echamos mano de palabras como manzana, banana, limón, higo, mora, frambuesa, cereza o ciruela, porque la uva, en su estructura molecular, comparte con muchos de estos frutos unos rasgos aromáticos parecidos que nos recuerdan a los anteriores. Lo mismo ocurre con los aromas vegetales, florales, especiados o animales. En tales casos recurrimos a descriptores como laurel, espárrago, menta, aceituna, rosa, geranio, violeta, pimienta negra, clavo de olor, canela, cuero, sudor de caballo y carne, entre muchos otros. Igualmente, hay familias aromáticas que incluyen los balsámicos, los amaderados, los minerales y los empireumáticos (notas ahumadas).

Aún así, muchas veces necesitamos ir más lejos porque, además de los aromas básicos, el vino exhibe otras características que quisiéramos comunicar, como, por ejemplo, su carácter o personalidad. A este grupo corresponden descriptores como atractivo, delicado, firme o profundo.

De la misma manera, y dependiendo de nuestros gustos y preferencias, los bebedores comunicamos mucho de nosotros mismos, según el tipo y/o estilo de vino que más nos atrapa.

Miremos, por ejemplo, lo que dicen del amante del Chardonnay. Es una persona afianzada, segura y poco aventurera. En cambio, a quien se inclina por el Sauvignon Blanc la ven como una figura fresca, intrépida y juvenil. En materia de tintos ligeros y enigmáticos, como el Pinot Noir, el seguidor de esta uva se proyecta como un gran conocedor, de refinado gusto, seductor y romántico.

El estilo de vino preferido también sugiere un perfil. Por ejemplo, el champán refleja deseo de poder, amor por el dinero y por el arte, y un gran don de refinamiento. El consumidor de Oporto, en cambio, se percibe como autosuficiente y algo pretencioso (especialmente si sostiene en, una mano, la copa y en la otra, un grueso cigarro), mientras que el bebedor de rosado es transparente, alegre y entretenido.

Y en un contexto más general -en particular frente al consumidor de destilados o de cerveza-, el bebedor de vino aparece como una persona bajo control, moderada, sensible, deportiva, y muy dada a la alimentación saludable y equilibrada.

Con más de 4.000 variedades de uva en el mundo -dueñas, a su vez, de sus propias características y personalidades-, sería casi interminable armar los perfiles de las que más se acomodan a nosotros. O sea que si no encajamos en las aquí descritas, no nos desesperemos. Hay toda una vida por delante para encontrar la otra mitad de nuestra cepa.

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