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Quedó como un zapato

DESPUÉS DE VER UNA Y MIL VECES la imagen del periodista iraquí que lanza, como proyectiles, sus zapatos contra el hombre más poderoso del planeta, cabe preguntarse: ¿los atentados están hechos a la medida, pequeña o grande, de los presidentes? Bush esquivó las “balas”, como un diestro vaquero que, en medio de una trifulca, logra hacerle el quite a las botellas y copas que vuelan por los aires.

Groucho Fritz
26 de diciembre de 2008 – 06:00 p. m.

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El hombre no estaba en una cantina, sino en una rueda de prensa, y su agresor, en vez de gritarle algo como “hey, alimaña, te espero afuera para liquidarte en un duelo”, le gritó “éste es un beso de despedida, perro”.

 Ahora, Muntazer al-Zaidi, comunicador de Al Baghdadia Television, con sede en El Cairo, enfrenta a la justicia iraquí y será procesado por atentar contra un jefe de Estado. Pero, ¿en realidad fue un atentado? ¿O más bien una “rastrera” forma de opinar? ¿Qué hubiera pasado si el tacón de la bota del enfurecido periodista golpea la cabeza de Bush? ¿Habría sufrido un trauma cerebral que lo hubiera llevado a pedir perdón por la sangrienta invasión a Irak? No entiendo la celeridad de la justicia y la manera violenta como han tratado al autor de tan original protesta. ¿Tenían los zapatos un mortal agente químico que actuaba al entrar en contacto con la piel de la víctima? ¿Era un arma de destrucción masiva?

El mundo al revés: en Irak se han cometido crímenes sin cuento. No olvidamos las torturas en la cárcel de Abu-Ghraib, las fotos de la soldadita del US Army, con su risita loca, fotografiada al lado de prisioneros aterrorizados. Ahora, un zapatazo ocupa las mentes preclaras de los jueces iraquíes, que buscarían castigar con 15 años de prisión el atrevimiento de este joven que, con su acto, ha logrado poner de acuerdo, por varios días, a shiitas y sunitas, enemigos irreconciliables en un país fracturado por la guerra.

En 1981, el atentando contra el presidente Ronald Reagan no fue producto de la conspiración del imperio del mal, es decir, la entonces Unión Soviética. No. El que apretó el gatillo era un pobre desquiciado de amor por la actriz Jodie Foster, que no encontró otra manera de llamar su atención, que disparando contra un mediocre actor de películas del Oeste, convertido, por la alquimia del poder, en héroe e incluso en paradigma ideológico.

No podía ser distinto para una figura como la de Reagan: un sicópata trastornado por la fantasía de Hollywood atacaba a otro personaje del celuloide. Recuerdo que apenas se oyeron los tiros, en segundos una nube de guardaespaldas cubrió el cuerpo herido del mandatario. Los tiempos han cambiado. Muntazer tuvo tiempo no sólo de quitarse los zapatos, sino además de lanzarlos, uno tras otro, sin que ningún escolta presidencial hubiera actuado a tiempo para evitar semejante humillación.

El joven comunicador llamó “perro” a Bush, tal vez pensando de pronto en Clinton, a quien tal calificativo le queda como anillo al dedo. A mi manera de ver, creo que el periodista se equivocó de animal. Zorro, serpiente, orangután, habrían podido encajar más con su objetivo. Tal vez a estas horas George W. aún no ha entendido la magnitud de lo acontecido: quedó como un zapato ante el mundo, y como el dirigente sin grandeza de una potencia global que acusa serios signos de decadencia.

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