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TUBARÁ ES UNA PALABRA DE ORIgen arawak que significa mirar al mar.
También es el nombre de un municipio costeño donde se encuentran parajes en los que se puede observar el mar Caribe en todo su esplendor. No es un accidente que el recorrido por el Museo del Caribe, inaugurado el pasado 24 de abril en Barranquilla, se inicie con un viaje por la identidad y la historia de nuestra costa norte, cuyo primer plano es el fondo del mar, para luego viajar en segundos desde el fondo submarino hasta las nieves eternas de la Sierra Nevada, gracias a la magnífica museografía del experto brasileño Marcelo Danta.
La segunda sala es la de la gente, donde se narra la historia de nuestros múltiples y heterogéneos antepasados. Le sigue la sala de la palabra, donde se celebra la riqueza oral y narrativa de la región. La voz de Meira Delmar, de una familia de origen fenicio y madurada literariamente al sol de Barranquilla, ilumina una de las cabinas en esa sala.
En la sala de la acción se cuenta la historia social, política y económica de la región. En una inmensa pared de esa sección se ubica una colección de los artefactos y utensilios del trabajo, que cautiva por la economía de su artística composición. Allí se presentan como en un ready made hélices de los viejos aviones DC-3 de Avianca (Scadta), una prensa para reducir el tabaco que de los Montes de María se exportaba a los mercados de Europa, un trapiche manual con el que los campesinos de Córdoba extraían la miel de la caña de azúcar, rejos de enlazar ganado provenientes de las sabanas de Bolívar, las jaulas de los pajareros de Mompox, y los ralladores para hacer cocadas de Cartagena, entre muchos objetos más del trabajo cotidiano de los hombres y mujeres de la Costa. La curaduría de esta sección estuvo a cargo del artista Cristo Hoyos, quien recorrió durante meses la región, para adquirir con un exiguo presupuesto los objetos que agrupó.
Finalmente, se llega a la sala de la expresión, donde hay una explosión de alegría, de música, de movimiento, y en las paredes se proyectan figuras humanas de tamaño natural que interpretan diferentes ritmos, como el porro, fandango, bullerengue, chalupa, y la cumbia, entre otros.
Bien por su gestor, Gustavo Bell; bien por su directora, Carmen Arévalo; bien por el arquitecto que diseñó el edificio, Giancarlo Mazzanti: el país necesita museos de gran calidad y pertinencia como este. En una columna reciente en El País de Madrid, señaló el escritor Mario Vargas Llosa: “Los museos son tan necesarios para los países como las escuelas y los hospitales. Ellos educan tanto y a veces más que las aulas y sobre todo de una manera más sutil, privada y permanente que como lo hacen los maestros… Los museos reemplazan la visión pequeñita, provinciana, mezquina, unilateral, de campanario, de la vida y las cosas por una visión ancha, generosa, plural”.
Ese espíritu es el que debe orientar a quienes aspiren a conducir a Colombia por una senda de crecimiento, paz e inclusión social en el siglo XXI. Por estas razones, los invito a conocer el Museo del Caribe y a contemplar en un atardecer soleado el mar desde Tubará, como lo hicieron durante cientos de años sus pobladores indígenas y lo siguen haciendo sus pobladores de hoy.