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LA HUMILDAD ES UNA BONITA virtud, pero es casi inexistente. Hay humildades aparentes, que no lo son. Contra soberbia, humildad, repicaba, tiempo ha, el padre Gaspar Astete. Española, sólo conocí, a lo largo de la vida, a una persona de verdad humilde. La admiré y la quise por su bondad. Tan humilde e inexistente que se me hundió en los recuerdos.
Para moralistas, debe ser algo así como la negación de sí mismo. Muy bien. Ahora me pregunto, tratándose de un hombre público, de alguien que encarna un pueblo, que pretende reivindicarlo y ser el escudo de su defensa, ¿puede y debe ser humilde?
Tengo presente la soberbia majestuosa de Charles de Gaulle, a quien ayudaba no poco la enhiesta espina dorsal, su estatura y su enorme nariz. Cabe el Arco del Triunfo, simbolizaba la grandeur. Churchill fue el orgullo de su país y de las naciones aliadas, triunfantes de una guerra. Lo quiso suceder Clemente Attlee, de quien se decía, como virtud personal, que era modesto, a lo que el líder británico del puro, el whisky y el corbatín repuntaba: “Y tiene razones para serlo”.
Obama, Barack Obama, me pareció humilde. Indebidamente humilde. Ya había advertido en su personalidad una cierta bondad intrínseca, un secreto ánimo de pedir permiso, un Dios se lo pague, que, a la verdad, no le viene bien a un jefe étnico, a un político joven y arrojado, a un escalador veloz de la más alta cumbre política de su Nación.
En el debate de Misisipi, todo el tiempo trató de granjearse una mirada amable del veterano McCain: “Lo que John dice…; le oí decir a John”, en fin, amistad prodigada sin respuesta. McCain sólo lo despreció, lo arrinconó y le hizo lucir sus contradicciones, fruto de la inexperiencia. Es claro que no hubo ofensa racial, pero ella estaba implícita. Ningún respeto manifestó el de Arizona para con el novel político de Illinois, milagro de una raza que, por fin, asciende a una posibilidad cercana al máximo poder en Norteamérica.
Se echó de menos en Barack una mayor arrogancia, una presencia arrolladora y cautivante, un dominador de escena, desde su piel mulata y sus características raciales. Altivez en no muy espigada estatura fue la del reverendo Martin Luther King, como pesante y bien parada la del trompetero de jazz, Louis Armstrong. El público sigue al que domina, cuya sola presencia se impone y arrastra a los inseguros.
McCain se retiró a su esquina, donde lo esperaba su esposa, con aspecto de Barbie, y caminó a trompicones, con sus bracitos cortos y su aparente inestabilidad, pero dueño de la americanidad blanca y la soberbia de quien se sabe continuador genérico de los gobernantes del Norte.
Obama agachó su cerviz y pareció caminar en puntillas, como estorbado por su propio tamaño, para encontrarse igualmente con su mujer, en un paralelismo con su rival, que no acabará de ser aceptado por un electorado racista.