Vallejo medido en uribes

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

No quiero terciar en una rencilla ajena; una que lleva casi una década de ser pública y en la que este par de escritores no solo se han pisado callos sino sacado trapos al sol sobre sus contradicciones, desatinos y promesas rotas.

De vez en cuando ha estado divertida esta pelea entre Héctor Abad y Fernando Vallejo porque hemos conocido infidencias insustanciales, y ha sido hasta refrescante que el uno le dijera al otro lo que varios pensábamos en su momento de alguno de ellos o de algún acontecimiento.

Así fue hace veinte años cuando siete artistas de los nuestros le escribieron una carta a José María Aznar para protestar por la imposición de visado a los colombianos, y prometieron no volver a España mientras la medida siguiera en pie. Un gesto digno que se desinfló rápidamente cuando todos, a excepción de Vallejo, aterrizaron en Madrid en los años siguientes. Inclusive, Álvaro Mutis no esperó ni los doce meses, porque se ganó el Cervantes y sin rubores se puso el sacoleva, pidió perdón y calificó de “ligereza” haberla suscrito. Después, en el discurso de recepción del premio, frente al rey borbón, no hizo ni una sola mención a Colombia y sí varias a sus antepasados gaditanos.

Punto para Vallejo, quien cuestionó en 2013 toda la incoherencia en una entrevista, con énfasis especial en Héctor Abad, promotor de la iniciativa.

No obstante, seis años antes, Vallejo había salido corriendo hacia México, donde renunció públicamente a la nacionalidad colombiana, juró no volver a saber jamás de ella y maldijo con todos sus anatemas a este país de asesinos: “Así, que quede claro: esa mala patria de Colombia ya no es la mía y no quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir».

Yo estaba en Lima para la Feria del Libro de ese 2007 y Vallejo era el invitado central. En todos los folletos, volantes y publicaciones donde lo mencionaban salía la bandera mexicana y el nombre de México. “Así lo exigió –me contaron–. Fue su única y reiterada exigencia”. Finalmente, Vallejo no llegó a la cita porque al subir al avión se percató de que no le habían comprado asiento en primera clase. Llamó a Lima y dijo que no iba, y punto.

En 2008 andaba yo en Barranquilla en el Carnaval de las Artes. El gran invitado también era él, y fue evidente que no había renunciado a nada. Ahí, en el Amira de la Rosa, alguien del público lo cuestionó y el viejo esquivó la respuesta con un “¿dónde estamos?: En Barranquilla, Colombia; estamos entre colombianos”.

Vino entonces el turno para Héctor Abad, quien en 2013 escribió en su columna: “hace unos seis años un escritor de nombre Fernando Vallejo, que se presenta como el adalid de la palabra empeñada declaró que renunciaba a la nacionalidad colombiana… pero a los pocos meses volvió al país con cédula en mano para hacerse un trasplante de córnea”. Días después apareció en cartas de los lectores un Vallejo con toda su furia para rematar en un tono como el de La virgen de los sicarios: “Simplemente te anuncio que las cuentas pendientes conmigo te las voy a cobrar por mano propia”.

El último round de esta pelea fue hace 8 días, y ahí ya perdió cualquier aire de amenidad y de anecdotario porque se salió del plano de las ideologías, los yerros o las incongruencias por las que puede o no responder un hombre, y se enfocó en la filiación genética y en los afectos sagrados. Vallejo descendió más al lodazal, y de paso pisoteó la memoria de las víctimas de este país y de los que han caído en su guerra luchando desde la paz. Y ahí nos involucró a todos en su rencilla personal, porque hay muertos que son de todos.

Comenzando la cuarentena, El Espectador lo llamó, no para ofrecerle una columna permanente sino para que escribiera unos ensayos cortos sobre la pandemia. Publicó cinco o seis en ese estilo suyo, magnífico y efectista, usado para triturarlo todo y defender unas tesis repetitivas que terminan siendo lo de menos pues sucumben bajo la fuerza de los epítetos. Hubo hasta una loa al bárbaro de Bolsonaro, en contravía del editorial del periódico ese mismo día.

El último artículo de la serie era contra Héctor Abad, en una jugada como de colgarle un mico a una nueva ley, al estilo de los congresistas. El escrito, que El Espectador decidió no publicar, no resiste mucho análisis porque, sin ser amigo y ni siquiera conocido de Abad Faciolince, es rastrero y no tanto por otra apología más de la pederastia vallejiana, ni por la perfidia de sacar del closet a Héctor Abad Gómez (algo que deja sugerido su hijo en “El olvido que seremos”); realmente el texto es infame porque se burla, hace escarnio y legitima, con un velado “Él se lo buscó”, que los paramilitares hayan asesinado al padre del escritor en 1987.

“Me tiene envidia (Abad Faciolince) porque piensa que he conseguido en la vida más muchachos bonitos que su papá… Si yo hubiera tenido un hijo lo habría cuidado, mimado… No. El irresponsable papá no pensó en su hijo… y sin irle ni venirle se metió en líos ajenos, en pantaneros no propios, que no le correspondían, y se lo echaron, le dieron chumbimba… Y al hijo que engendró con tantas dificultades lo dejó huerfanito”. Así salió en un portal de Medellín que decidió publicarlo.

Esos pantaneros ajenos a los que alude Vallejo eran la defensa de los derechos humanos y la denuncia contra los paramilitares por el asesinato de líderes sociales. “Sin irle ni venirle” y “que no le correspondían”, afirma también y con eso deja claro que toda esa diatriba suya contra los poderosos, contra la violencia, contra esta patria sanguinaria es básicamente una puesta en escena cuya coherencia se cae a pedazos.

Si la maldad debería medirse en uribes (en una frase de él, que además comparto), ¿en cuántos uribes estará Vallejo después de esto?

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido