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Parece un hombre mesurado este alcalde. Se nota sencillo, sin alardes de ninguna clase. Este mediodía luce una camisa amarilla leve, de un solo bolsillo y la lleva por fuera; un bluyín trajinado y unos zapatos rapé sin tacón, terminan de conformar su atuendo. Extrañamente el cielo estaba encapotado en Montería, en donde el sol no hay que convocarlo dos veces. Hay algo de águila en el perfil de este alcalde. Sus ojos están bien resguardados. Y en sus cabellos ya alardean algunas canas. Está joven y la lógica indicaría que le queda mucha vida por gastar.
Cuando se planteó la posibilidad de aspirar a la Alcaldía de la capital, a su familia no le cayó bien la idea. Era 2011 y el alcalde confiesa que en esa época no conocía el sur de Montería. El desacuerdo lo encabezaba su papá, don Eduardo, quien siempre ha estado vinculado con éxito a la empresa privada. Adujo el padre que esa aspiración podría traer problemas y confusiones, pues la tradición de ellos no era el sector público. Sin embargo, las dificultades internas se superaron y hoy está próximo a concluir su mandato. Se sonríe y se le nota la satisfacción. Se delata el rictus del triunfador. La oficina del burgomaestre está en el segundo piso del Antonio de la Torre y Miranda. La recepcionista me dijo que esperara dos minutos. Esperé seis, pero fui compensado con el silencio que había a mí alrededor.
En su oficina todo está inscrito con orden y limpieza. Después del saludo sencillo, el alcalde me ofrece de beber y pido agua aromática. Me sugiere una de frutos rojos. Él sabía a qué iba yo, y yo sabía a qué había venido. No hubo distancias. No hubo hielo, y por ello no hubo nada que romper. Nunca lo había visto personalmente, pero la conversación fluyó sin premeditaciones, al menos eso me pareció.
Comencé a hablarle de los asuntos de su administración y me dijo: “Caramba, estás informado”. Le dije: “Claro, pero no quiero centrarme en datos, quiero conocer un poco el hombre que está detrás del alcalde”. Me lanzó un jab: “Pero las cifras son importantes”. Le respondí: “Así es, son las que lo destacan”. Se sonrió. Parece que Carlos Eduardo Correa Escaf no ríe, por lo menos con gente poco conocida. Me invitó a que pasáramos a la sala de juntas, que está defendida por una pared corrediza.
Ese recinto tiene una mesa rodeada de sillas. En la pared norte hay 30 fotos del alcalde protegidas por vidrio en donde está en diversos sectores de Montería y con diferentes personas, incluidos los niños, de quienes, me dice, se preocupa mucho. En la pared sur, a la izquierda, hay un mapa-mosaico de Montería hecho a fragmentos por el Instituto Agustín Codazzi. En azul, negro y morado está la ciudad, geométrica y amontonada, herida por una serpiente de agua: el río Sinú, una de las obsesiones del alcalde. Hasta el punto que ha acuñado un eslogan que repite con frecuencia: “Devolverle el río a la ciudad y la ciudad a la gente”.
De esta sala salieron las ideas que han llevado a Carlos Eduardo Correa a ser destacado en la prensa nacional y a encabezar casi siempre las encuestas de la aprobación ciudadana. Él no duda en señalar sus logros. Nos dice que el alcantarillado está en el 86 % de Montería; que el acueducto se ha extendido hasta los corregimientos de El Vidrial, Kilómetro 12, Kilómetro 15, El Cerrito, y Los Pericos, entre otros; que solucionó la rebeldía de los ciudadanos de la margen izquierda del río, que se sentían abandonados, y en donde no había institucionalidad y no existía siquiera un cajero automático; que la Ronda del Sinú, desde el sur hasta el norte, con interconexiones, tendrá 32 kilómetros (aunque, según investigué, no tiene un baño público); que un puente peatonal, llamado el Paseo de las Iguanas, unirá las dos riberas del río y tendrá 260 metros de longitud, de los cuales 145 serán sobre el río, 35 metros será el ancho, y habrá 2 carriles peatonales de 2,30 metros cada uno, y una ciclorruta. Asimismo, señala que entregó 4.000 títulos de vivienda, pues solo el 15 % de los predios de Montería tenían documentos escriturales.
También menciona como uno de sus logros el Parque Longitudinal de Canta Claro, un sector popular bien extenso (en donde en el 2012 el índice de violencia era del 32 % de la que había en Montería), y que se está finalizando para entregar oficialmente el 31 de diciembre. Pero, lo indicó la prensa local, ya hay vándalos que lo están destruyendo o robándose algunos accesorios. El problema, entonces, de Montería es la gente, que no ha alcanzado, en su mayoría, el estatus de ciudadano, y, en consecuencia, no tiene conciencia cívica. Y sobre esa gente queda mucho por hacer, mucho por educar.
Uno de los asuntos más difíciles que ha afrontado el alcalde es el cierre del antiguo mercado de Montería. Hubo inconformidad entre los comerciantes, lógicas protestas, y uso de la fuerza pública. “Ha sido una de las decisiones más duras que he tomado. Pero vea, usted, ahora con la nueva plaza llamada Supermercado Popular de Oriente, con todas las normas de higiene, movilización y seguridad, la gente ha entendido y está contenta”, dice. También hace referencia al Muelle Turístico que se construyó en la antigua muralla con calle 35, y al funcionamiento de tres Camu en los barrios populares para aliviar la carga del Hospital San Jerónimo. Asegura que el próximo año se reinaugurará el Coliseo Happy Lora.
Carlos Eduardo Correa quiere que Montería se convierta en una agrópolis y por ello ha viajado varias veces a España donde hay buenas experiencias al respecto. Se entusiasma con el tema. Entonces le pregunto cuáles ciudades del mundo le gustaría injertar en la Montería que él desea. “Yo trasladaría el campo de Murcia, la constancia de Bilbao de existir de cara al río, la vida de Ámsterdam, la navegabilidad y el tráfico del río de Budapest” (le digo que ese río es el Danubio, y que el escritor italiano Claudio Magris le escribió un libro titulado El Danubio; el alcalde sonríe y aprueba con la cabeza). Como complemento de lo anterior anuncia que con una inversión nacional de 32 mil millones de pesos se está ampliando el aeropuerto para convertirlo en el Aeropuerto Internacional Los Garzones y dinamizar turismo e industria.
Cómo se define el alcalde actual de Montería. Duda un poco, piensa. Le pregunto: ¿alegre o nostálgico? “Soy nostálgico, pero también soy alegre”. ¿Qué es para usted la nostalgia? Responde directo: “El sentimiento que viene detrás de la alegría”. ¿Había previsto la pregunta? No sé, pero contestó de una. Insisto: ¿qué música le gusta? “Me gusta mucho la música. En ocasiones, en los actos populares, bailo champeta”. Sorprende la respuesta. Me quedo mirándolo. Él cree que debe avanzar, y dice: “con mi esposa bailo un merengue o un porro”. El alcalde también tiene tiempo de bailar. Cómo se siente: ¿Cordobés o sinuano? Contesta: “Yo me siento sinuano”. Séneca me induce a interrogar sobre el manejo del tiempo. ”Desde el primer día, comencé una competencia contra el tiempo, pues en el sector público las cosas no son tan rápidas como uno desea. Soy tranquilo, descomplicado, y ese asunto del tiempo lo he manejado con la inteligencia emocional, delegando funciones y haciendo micro gerencia”. Le inquiero por sus lecturas. Me responde: “Estoy leyendo Innovar o morir, de Andrés Openhaimer, y El triunfo de la ciudad, de…” Cuando ve que lo miro fijamente, me aclara: “No me queda tiempo para más nada”. Luego, yo indago: el último libro es de Edward Glaeser, economista y profesor de la Universidad de Harvard. “A uno se le mete la ciudad en el ADN”: ¿De quién es esa frase, suya o la ha leído en alguna parte? “Creo que mía, no recuerdo habérmela copiado, y la digo porque la ciudad está dentro de mí y no puedo ni quiero sacármela”.
En la prima noche, cuando el sol aún dejaba el rescoldo de su furia, le pregunté sobre la delegación de funciones a un empleado de jerarquía municipal. Me contestó que el alcalde delega bastantes responsabilidades en sus funcionarios, en los cuales confía, pero todo lo controla minuciosamente.
Que se sepa, poca ha sido la oposición pública que ha tenido este alcalde. En la prensa solo se han destacado los artículos que el docente universitario y periodista Ramiro Guzmán ha publicado en un diario regional, y en el cual señala lo que él considera las equivocaciones de Correa Escaf, especialmente las que se refieren al ámbito social. En textos de veinte líneas ha mantenido su crítica, y la formula hacia diversos espacios, desde la construcción de un puente elevado en la calle 29 con Circunvalar, la tala de varios árboles de mango en la calle 41 para pavimentar un canal y despejar la mirada hacia el centro comercial Alamedas, hasta la estructuración del Muelle Náutico. Guzmán no fue escuchado pero mantuvo su crítica como un opositor tenaz y solitario.
Después de estos tres años de acción, Carlos Eduardo Correa tomará un par de meses para descansar al lado de su familia. Luego, con su perfil de águila, oteará el horizonte y volverá a agitar sus alas. ¿Hacia dónde? Él no lo dice. Pero tengo la sospecha de que sí sabe hacia dónde intentará encaminar su vuelo.
*Catedrático Universidad de Córdoba y coordinador del grupo cultural El Túnel, de Montería, Colombia. Su libro más reciente se titula “Luis Striffler en el Sinú y otras narrativas históricas”.
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