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El extravío nacional de violencia, corrupción, desigualdad, mentira y cinismo en la política, que nos trajo hasta esta aparente sin salida de desconfianza, estrés, pasiones tristes como el odio y el resentimiento, y apatía o desesperanza, parece estar llegando a su fin por la clara decisión ciudadana de no aplazar más un cambio profundo en la gestión pública, expresada en una votación que generó la derrota de los partidos y de la clase política tradicional.
El asunto es que hemos llegado a un punto en el cual se trata de preferir un candidato u otro (Gustavo Petro o Rodolfo Hernández), dentro de una personalización extrema y una desinstitucionalización de la política, cuya más evidente expresión está siendo un espectáculo deprimente de las cúpulas y de los líderes de lo que queda de los partidos que han dominado el Estado durante las últimas décadas, corriendo como en el juego de la última silla a ver quién se queda sin puesto, sin importar cuántos codazos ni cuántas mentiras tengan que dar y decir ahora, para justificar su cínica improvisación. Y quienes estamos fuera de ese juego, asombrados de su falta de vergüenza, de toda forma quedamos obligados a tomar una decisión que tiende a basarse en intuiciones y emociones en torno a lo que vemos como el mal menor, referido al candidato con menos carga negativa, sin relacionar el asunto con decisiones más de fondo alrededor del país mismo…
Ello es resultado de dos procesos paralelos que ha vivido el país en las últimas décadas, uno político y otro social, que tienen algo en común: la desconfiguración explícita e intencional de lo relacionado con el Estado como un terrible mal de la sociedad, propia de la filosofía política neoliberal, para la cual sólo el mercado debe resolver la organización y el funcionamiento de la gestión pública. Dicho proceso empezó en países como Estados Unidos, Inglaterra y Chile, hace alrededor de treinta o cuarenta años, y en el caso de Colombia se aplicó desde el año 90, con resultados devastadores, pues estuvo acompañado por procesos de violencia y despojos territoriales, el crecimiento de las mafias del narcotráfico, y el auge de la corrupción como forma de acumulación de riqueza de unos pocos, a costa de los recursos públicos, pero también de las costumbres sociales asociadas al respeto por el buen vivir, y desde entonces obligadas a un “sálvese quien pueda” propio de la filosofía del éxito por encima de todos y de todo.
Por todo ello, esta encrucijada electoral nos asoma a un abismo que convoca a una idea de salvación que viene de fuera, asociada a alguien capaz de darnos las soluciones que requerimos; y nos toma por asalto la paradoja de tener que confiar en el menos malo de los dos candidatos, para no dar el salto al vacío que nos ofrecen la destrozada realidad política y la crítica situación social y económica.
¿Cómo resolver esa paradoja? La invitación es a ir un poco más allá de las pasiones tristes y amargas, e intentar relacionar cada candidato con ese trasfondo de crisis y destrozos… Responder dos preguntas, y asumir una postura que va más allá de lo electoral.
Las preguntas: ¿Cuál candidato se acerca más, por su trayectoria y por su coherencia a proponernos una recomposición de lo público, y a enfrentar las crisis sociales, a través de su programa y de sus propuestas? Y, ¿cuál candidato está interpelando mejor la realidad social en su complejidad, su crisis y sus retos? Por supuesto, quien se acerque más a una respuesta positiva, ¡debe ser por el cual votemos!
Pero, como es obvio si tenemos en cuenta la hondura de esta crisis, la postura debe ir más allá de lo electoral, y en cualquier caso, nos aboca a otra pregunta: ¿cuál es nuestra disposición por ser proactivos, y no dejar sólo en manos de un supuesto salvador las soluciones que tenemos que asumir como personas y como sociedad? Y nos pone frente al reto de entender que en el modo como se resuelva la elección, es decir, por quién votamos, y a partir de su desenlace, es decir, quién sale elegido, nos queda por delante nuestra participación en la gestión pública a través de una sostenida acción colectiva, ciudadana, porque la hondura de los problemas nacionales supone transformar tanto el Estado como nuestras propias costumbres, permeadas por aquella descomposición.
Tal vez la vieja frase de un presidente norteamericano, cuando su país estaba en circunstancias parecidas a las nuestras, pueda darnos una señal al respecto: “No preguntes qué puede hacer el país por ti, sino qué puedes hacer tú por el país”. Empezando por un voto consciente.
*Hernán Darío Correa es sociólogo y editor.
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