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Gustavo Petro encarnó la perspectiva de cambio frente a una clase política que fracasó y fue incapaz de autorreformarse.

Ante todo, ganó porque encarnó la perspectiva de cambio frente a una clase política que fracasó reiteradamente y fue incapaz de autorreformarse. En una elección muy disputada pudo ganar porque planeó y ejecutó, entre la primera y segunda vueltas, una campaña más efectiva para seducir a los electores indecisos. La parálisis de la campaña Hernández y su aislamiento, durante el mismo período, sentenció su derrota. Pensó que los electores de Federico Gutiérrez se sumarían automáticamente a su campaña, lo que no sucedió.
En unas elecciones presidenciales atípicas, con un clima electoral diferente a cualquier otra elección en las últimas décadas, Colombia votó por un cambio hacia la izquierda, en el que influyó un tímido desempeño del gobierno Duque afectado en buena parte por la situación generada por la pandemia.
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Esta elección enfrentó a dos contendores que, de diferentes maneras, representaban una ruptura con la clase política, asociada a conocidos hechos de corrupción a quien la ciudadanía castigó desde la primera vuelta. Estuvo precedida por un largo periodo de inestabilidad política con inéditas expresiones de movilizaciones populares alentadas y promovidas desde unas redes sin control que se encargaron de acentuar la polarización. Las formas y normas para desarrollar la actividad política fueron sobrepasadas por mucho, dejando como herencia múltiples denuncias entre los implicados que la justicia deberá resolver.
Mantener y recuperar la confianza en la economía será sin duda el primer desafío de Petro. Aunque las perspectivas de crecimiento de la economía colombiana para 2022, un 6,0 % de crecimiento del PIB, duplican las del mundo en su conjunto, al presidente electo le corresponde ahora gobernar en un escenario complejo, caracterizado por una inflación creciente y la necesidad de ejecutar políticas contracíclicas que generarán una ralentización del crecimiento y el empleo. Las perspectivas de la economía mundial no son mejores y, como una consecuencia de la pandemia y la invasión rusa, el mundo se enfrenta a la paradoja de la “estanflación”, la combinación de estancamiento en el crecimiento e inflación.
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El aterrizaje de su discurso para ampliar las políticas sociales se encontrará con la presión de empresarios e inversionistas por el respeto a la Constitución y las reglas de juego democráticas, ante lo ocurrido en otros países de América Latina. Petro debe definir si la orientación de su gobierno se asimilará más a uno como el de Lula o al socialismo del siglo 21, lo que se observará en la conformación de su gabinete y el otorgamiento de garantías, que siempre reclamó y que le llevaron al poder, para el desempeño de la oposición.
Petro debe comenzar a enviar señales claras que brinden confianza para la inversión y promuevan nuevos empleos o protocolizar una ruptura, que resultaría difícil de comprender, con las reglas de la economía y el comercio internacional. Muy rápidamente debe poner en blanco y negro el alcance de su promesa de desincentivar las exportaciones y exploración petrolera, así como el retorno a la autarquía de la producción agrícola. El país, el mundo y también la tasa de cambio estarán atentos a sus primeras decisiones.
Los problemas del presidente comienzan, pero no terminan, con los desafíos de la economía. La necesidad de lograr gobernabilidad en el Congreso pondrá a prueba, desde la conformación de su gabinete, la capacidad política del nuevo gobierno. Una coalición mayoritaria sobre asuntos fundamentales debe ser su primer objetivo antes de su posesión. Más allá de ello, la voluntad de alcanzar consensos debe llevarlo a convocar a sus hasta ahora antagonistas, poniendo sobre la mesa medidas pragmáticas contra la corrupción y el cumplimiento de los Acuerdos con las Farc y su financiación. Un acuerdo nacional esquivo hasta ahora para la dirigencia colombiana.
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Pero, con seguridad, el mayor desafío para el nuevo presidente será superar al Petro candidato. Rápidamente debe hacer la transición de eficaz opositor a gobernante, considerando, siempre, que su gobierno tiene período de caducidad y que nuestra Constitución, que él se comprometió a respetar, no permite la reelección. Cuatro años son poco para tantas promesas, y ello él lo conocía. Veremos.
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