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Al despertar el lunes 30 de mayo, con dos alternativas populistas para disputar el poder en las urnas, Colombia entró, finalmente, al siglo XXI latinoamericano, un siglo que en la región fue sinónimo de populismos disruptivos. Dejando atrás más de dos décadas de debates políticos alrededor de la guerra y la paz, candidatos y electores en Colombia han sacudido el tablero que dio forma a la política por los últimos 20 años. El electorado se decantó por el cambio, escogiendo como finalistas a los dos candidatos que, por sus posturas anti-establecimiento, hacen más creíble la promesa de alcanzarlo.
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Pero mientras que el cambio que ofrece Gustavo Petro es más fácil de comprender -en últimas es un candidato que ha competido en los últimos tres ciclos electorales-, el que ofrece Rodolfo Hernández nos ha dejado desconcertados. Incluso entre las huestes del Pacto Histórico no ha sido fácil escrutar al inesperado contrincante. Unos señalan al exalcalde de Bucaramanga de ser un gran salto al vacío y poner en peligro los arreglos institucionales, dando a entender que tanto anti-establecimiento tampoco es deseable.
Al tiempo, otros juzgan a Hernández de ser la cara del continuismo, es decir, del establecimiento, el uribismo y la guerra, resistiéndose a ver en él otra expresión del clamor de transformación que embarga al electorado colombiano. En medio de la confusión, a Hernández se le reclama su falta de programa claro y a sus votantes el caer presa de promesas demagógicas. Como suele suceder en estos casos, al populista se le condena, a su votante se le desprecia y a ninguno se le entiende.
La élite intelectual y política capitalina, que en muchos casos lleva apenas siete días escudriñando al candidato, ha tomado partido. Actuando como digna representante del establecimiento es presa de una sensación de incredulidad y rechazo ante su éxito. No entienden cómo un candidato grosero y chabacán -el “Cantinflas bumangués”, como lo ha bautizado Cecilia Orozco Tascón- ha logrado conquistar el voto de casi un tercio del electorado. El éxito de un candidato que adolece de un programa elaborado y sensato, y cuyo único mensaje consiste en “parar la ladronera”, tiene a un pedazo del país pensando cómo fue que “caímos tan bajo”.
En ese mar de desolación se buscan culpables: han de ser las redes sociales, que han aniquilado la capacidad intelectual de los votantes. O la mala calidad de la educación. O una nueva arremetida del uribismo. En últimas, la pregunta es la misma: habiendo otras alternativas, ¿por qué el próximo presidente podría ser alguien que se autodenomina “el rey del Tik Tok”?
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¿Populismo puro?
En vez de juzgar el electorado rodolfista de irracional e ignorante, vale la pena adentrarnos un poco a eso en lo que los otros países latinoamericanos, y particularmente los andinos, tienen tanta experiencia: el populismo. Como han señalado los estudiosos del fenómeno, el populismo es un mensaje que muestra a un “pueblo puro” como víctima de una élite corrupta que no lo representa y que impide que se realice la voluntad popular.
Los populistas suelen acompañar este mensaje con un conjunto de promesas que reflejan esa “voluntad popular”. Pero muchas veces, esa promesa de realización de la voluntad popular desafía el margen de lo realizable. Por ello, son calificados de “demagogos” y sus votantes de desinformados o irracionales, orientados principalmente por emociones que no tienen asidero en programas claros de gobierno.
Pero existe una racionalidad detrás del voto populista que aparentemente desprecia o no entiende de programas. ¿No es acaso una verdad irrefutable que los programas de gobierno suelen no cumplirse y que a veces se celebra ese incumplimiento? ¿No fue celebrado por muchos el giro programático de Santos que lo alejó del uribismo e hizo posible las negociaciones de paz con las Farc?
El incumplimiento constante de programas de gobierno es un dato innegable de la realidad. Si no se cumplen y un colombiano deduce razonablemente que los programas de gobierno que se ofrecen en campaña importan poco, ¿por qué decidir su voto en base a programas? Al no prestarle atención a la coherencia de las propuestas, ¿está mostrando falta de conciencia cívica o sentido común? Los votantes de Rodolfo Hernández no son desinformados o irracionales, tienen la misma información y experiencia que los demás, pero sacan conclusiones distintas sobre qué hacer con su voto.
Si el votante populista no está motivado principalmente por programas elaborados, ¿qué lo motiva? Pues su rechazo al establecimiento. Se trata, ante todo, de un voto punitivo. Si las promesas de campaña son inciertas o imposibles de creer; si la probabilidad de mejorar mis condiciones de vida a través del voto son marginales, entonces un uso racional de mi voto es entregarlo a quien promete ya no cambiar mi vida, sino al menos castigar a los que no cambiaron mi vida. Pegarle una patada al tablero, sacarlos del poder, reducir su número, sus salarios y su acceso al dinero de la corrupción. No importa que como presidente no haga más con tal de que joda a los políticos. Ese es el corazón del éxito de Rodolfo Hernández. Un voto perfectamente lógico y racional.
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Un video en YouTube resume perfectamente la dinámica del voto populista. En él se ve a quien parece ser un actor interpretando a un político frente a una multitud:
– “Vengo ante ustedes con el propósito de presentarles un proyecto político. En mi gobierno, si ustedes me apoyan, les aseguro que los ricos comerán mierda!”.
Aplausos
– “Señor, y nosotros los pobres, ¿qué comeremos?”
– “¡Ni mierda!”.
Aplausos eufóricos.
En el caso de Rodolfo, podemos bien reemplazar los ricos por los políticos, y la esencia es exactamente la misma.
¿Por qué tanta ira contra el establecimiento? Es particularmente paradójico que el votante de Rodolfo Hernández se ubique en la Región Andina, que desde siempre ha estado más integrada a las redes del Estado y el mercado, y que por ello cuenta con mejor calidad de vida. ¿Por qué de repente las personas de esas regiones también quieren darle una patada al tablero?
Para entenderlo es clave reconocer que las economías de lo que va desde Huila hasta Norte de Santander han estado estancadas en los últimos años. En el bastión bumangués de Rodolfo Hernández, los ingresos de todos han venido cayendo desde el 2014. El declive en los precios de petróleo, la dificultad de la industria manufacturera para aprovechar la favorable tasa de cambio, la suspensión del comercio bilateral con Venezuela, y la concentración creciente del empleo en un sector servicios informal y mal pago, ayuda a entender el hastío con el status quo.
Contra el establecimiento
El establecimiento, encarnado no solo en los políticos, sino también en la élite tecnocrática y ortodoxa, ofrece poco para estas economías regionales en deterioro. El mensaje de “siento mucho que no puedas competir globalmente” que reciben los zapateros santandereanos, las confecciones risaraldenses y los paperos boyacences, produce un profundo desencanto con el Contrato Social. Si a eso le sumamos el golpe propinado por el Covid-19 a los ingresos y la calidad de vida de muchas familias, vamos dando con la receta del caldo de cultivo perfecto para el votante populista.
Y en esto vale la pena tener en cuenta que por debajo del discurso chabacán de Rodolfo Hernández en contra de la ladronera, hay también una promesa de mejorar la economía a través de una alianza multi-clase entre empresarios y pueblo, que se materializa con políticas proteccionistas para las industrias locales. En una zona del país donde las economías son más diversificadas y complejas, el empresario rico promete que va a haber confianza para la inversión y oportunidades de empleo.
Tal vez por eso no importa la falta de elaboración de los programas redistributivos que Hernández también dice querer implementar. La gente en esas regiones no está muy interesada en la expansión de Familias en Acción, ni de Colombia Mayor, sino que haya más y mejor trabajo.
Así, aunque ligeros, hay dos programas profundamente atractivos para los votantes de Hernández: el programa anti-corrupción y el programa económico. Ambos pueden ser irrealizables, pero eso no importa. Lo que importa es que el candidato se atreve a plantearlos y a hablar duro, y que con ellos recoge la decepción del votante andino contra el establecimiento. Rodolfo toma así el pensamiento del ciudadano común y le dice a la élite las verdades en la cara. Y para sus votantes, más que la viabilidad del programa, es la empatía del programa lo que importa. Y por ello no pasa nada si el programa es ligero, superficial o incluso irrealizable.
La razón de todo es que la principal oferta de Hernández no es un programa, sino una performance contra la clase política tradicional. Sus votantes no lo son probablemente por sus promesas, sino por ser “alguien como yo”, alguien con quien me puedo identificar por ser alguien distinto al establecimiento.
Pero, ¿cómo puede un millonario ser alguien como el colombiano promedio? Pregunta repetida. Trump es un billonario que recibió el voto de la clase trabajadora blanca y empobrecida en el rustbelt estadounidense. Lo hizo, entre otras razones, porque empataba con ellos a nivel sociocultural, en lo que Ostiguy llama the sociocultural low o “lo socioculturalmente bajo” (1). En lo bajo se encuentran las costumbres campechanas, poco refinadas, “sinceras”, y todas las maneras que son calificadas de “ordinarias” desde lo alto. En lo alto se encuentra la sofisticación, el refinamiento, lo “correcto” y todas las maneras que son calificadas de “falsas” desde lo bajo.
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Los populistas son maestros en el arte de mostrar que dominan y usan el repertorio de lo bajo, usualmente más presente entre los sectores de clase trabajadora y con menor acceso a educación. En Colombia, lo alto y lo bajo también tiene un relato regional. Las élites capitalinas, con sus maneras decentes, su formalismo, y su discurso civilizado, señalan con gran recurrencia histórica a los políticos regionales de incivilizados y atravesados.
Rodolfo Hernández, reeditando ese viejo tema, muestra a sus votantes con sus maneras que pueden confiar en él. No por sus propuestas, sino porque no es, no luce y no habla como el establecimiento. Irónicamente, el desprecio del establecimiento por el populista y sus votantes, no hace sino consolidar esa identificación. Como decía un votante trumpista en los Estados Unidos: “Mientras más lo odian, más quiero que triunfe. Porque lo que odian de él es lo que odian de mí” (2). Falta estudiar para nuestro caso en qué medida las expresiones escandalizadas de asco frente a Rodolfo han aumentado, en vez de disminuido, su apoyo popular.
A pocos días de que se defina quién será el próximo presidente de Colombia, las encuestas señalan un empate técnico entre ambos candidatos. Aunque no sabemos quién ganará, sí está claro desde ya quién perdió: el establecimiento político colombiano. Hernández, como lo hicieron antes otros populistas en los países andinos, ha demostrado que en Colombia se puede llegar lejos sin su apoyo, sin sus recursos y sin partido político. Si se puede gobernar sin ellos, es otra pregunta que aún queda por resolver.
* Doctor en Ciencia Política y profesor de la Universidad Católica del Uruguay
** Doctora en Ciencia Política y profesora de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario